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Publicado originalmente el 26 de agosto de 2011.

Definitivamente una de mis notas más malinterpretadas. Resulta complicado a veces transmitir el tono sarcástico con el que uno está enfocando un tema, y en este caso dio como resultado comentarios de dos tipos: 

1) Personas a favor de las manifestaciones más “aguerridas” que vieron en mis palabras una cosificación y distanciamiento con estas personas semejante al que estoy, justamente, intentando “denunciar” en esta nota. Estas personas se enojaron conmigo.

2) Participantes plenos y gustosos de los procesos típicos de cosificación y caricaturización de los “encapuchados” a los que intenté hacer alusión en esta nota. Recibí de estas personas felicitaciones y frases de apoyo como “sí, ¡hay que matarlos a todos!”

El propósito de esta nota no fue nunca justificar los hechos de violencia ocurridos en medio de manifestaciones estudiantiles, y tampoco entregar una descripción cosificada de los protagonistas de estos hechos. Al contrario, otorgar una mirada de segundo orden, una suerte de Mea Culpa acerca de cómo como sociedad somos rápidos para marginar y caricaturizar a las personas, convertirlas en objetos, despojándolos de su realidad y de su contexto. 

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Marginales, lumpen, anti-sociales, infiltrados, intrusos, flaites, encapuchados. ¿Quiénes son? ¿Es contagioso? ¿Se transmite desde otros lugares? 

Frente a los hechos más recientes relacionados con el movimiento estudiantil y ahora último con las movilizaciones convocadas por la Central Unitaria de Trabajadores, hemos visto en los medios de comunicación, como ha ocurrido muchas veces antes, un renovado protagonismo de estos extraños seres violentos. 

“¿Quiénes son? ¿Es contagioso? ¿Se transmite desde otros lugares?” son preguntas formuladas textualmente en distintos medios de comunicación. Las acciones de estos sujetos (¿o son objetos?) nos causan repudio e indignación, y muchas veces incluso nos provocan responder a ellos con violencia semejante. Ocurre lo mismo con el “lanza” que es detenido en pleno centro de Santiago por ciudadanos que proceden a golpearlo, bastante, antes de entregarlo a carabineros –donde, esperamos ansiosamente, lo golpeen un poco más. 

Convertimos al “anti-social” en objeto. Lo hemos despojado casi completamente de su subjetividad, dejándole tan solo conservar su sujeción a un estado permanente de marginalidad con respecto a una sociedad que desearía que no existiese más, que se cayera del borde de la Tierra.

Conversando hace un tiempo con un compañero de trabajo, me causaron gracia dos comentarios que hizo con respecto a este tipo de cosas: a) que, al menos según la “opinión pública”, los “vándalos” parecieran provenir misteriosamente de una tierra llamada Vandalia, pero ciertamente no de AQUÍ, y b) que una de las causas de la compleja problemática social que significan los movimientos migratorios es que la Tierra es redonda.

Le encuentro mucha razón. Si la Tierra tuviera efectivamente bordes podríamos deshacernos permanentemente de la basura que no sirve a nuestras sociedades, y podríamos situarnos en algún extremo con tal de evitar que “nos entren” indeseables por algunas de nuestras muchas y amplias fronteras.

El problema es que la Tierra es más o menos redonda, entonces “lo que va, a la larga viene”, y tarde o temprano nos tendremos que hacer cargo de que contamos con un amplio contingente de inmigrantes de Lumpa y Vandalia. Tierras extranjeras y lejanas, extrañas a nuestras costumbres, pero que finalmente lograron depositar dentro de nuestras fronteras ciudadanas, alguno que otro “anti-social” para que nos moleste y rompa nuestras cosas. Por si necesita mayor pistas el lector, el gentilicio plural de Lumpa es “lumpen”, y el de Vandalia es “vándalos”, aunque ésta es mera etimología consuetudinaria.

Mientras escribía esto escuché que Gabriel Salazar estaba en el matinal de Canal 13 respondiendo preguntas acerca del tema. Me interesó escuchar su postura, y subí el volumen. Don Gabriel explicó que la capucha que usan los encapuchados permanece como ritual político de tiempos de lucha contra Pinochet/el sistema, que se mantienen hoy gracias a una memoria social que permite a las generaciones más jóvenes retomar formas de acción que acontecían incluso antes de su nacimiento. Explicó muy claramente cómo la marginalidad y los modos de acción de estas personas es vista como algo externo a la sociedad, condenada “desde afuera”, en lugar de intentar explicarla, entenderla. ¿Le suena todo esto?

Escuchar sus argumentos me animó a continuar escribiendo esto, por lo que retomaré mi argumento respecto a Lumpa y Vandalia. 

Hacemos algo muy extraño con estos extraños seres. Los vemos como marginales, pero no como marginados, los consideramos violentos, pero no violentados, los definimos como objeto, sólo hablamos de ellos como grupos, como si nos refiriéramos a una raza particular, a un “tipo de gente”, incluso a veces les otorgamos –estirando un poquitito los límites de la sociología-ficción- una conciencia colectiva particular, una organización casi conspirativa, casi genial. Incluso pensamos que su aparición –como hongos, que es lo que valen- se ve influida por las protestas en Europa, Africa y Medio Oriente, como que hubiera un “contagio”, una “transmisión” (¡¡Estas palabras escuché hoy en televisión!!).

Sin embargo, cuando intentamos diseccionar sus acciones, recurrimos a psicologismos, dejamos de verlos como grupo –porque ya no es conveniente-, y recurrimos a teorías de que son jóvenes estúpidos, tarados, flojos, hijos de padres separados y/o ausentes, adictos a las drogas y al alcohol, niños no amados cuando pequeños que ahora sólo pueden expresar violencia, etc. 

Pero lo más importante de todo, insisto, es que los vemos como “infiltrados”, allegados, intrusos, extraños.

No me malinterpreten, cuando en medio de una marcha pacífica de trabajadores o estudiantes aparecen unos cuantos muchachos lanzando piedras y rompiendo cosas, pienso que se trata de personas que no representan al movimiento, que son intrusos en cuanto a las motivaciones y estrategia del movimiento, que son extraños al espíritu que convoca a la marcha, que son lisa y llanamente unos desubicados.

Pero como sociedad, y especialmente si llega la hora de hacer un análisis sociológico de todo este asunto, la cosa cambia profundamente. 

¿Quiénes son?

Son chilenos, chilenos marginados. Son extraños y desubicados, ajenos y allegados con respecto al proyecto-sociedad que teóricamente puede deducirse de nuestras instituciones. Son “los que sobran”, pero son nuestros. Son hijos de Chile, que sobran a Chile. Son malos estudiantes, tarados, productos de la mala educación. Son pobres huevones, empobrecidos en este país que es rico para algunos.

¿De dónde vienen?

No vienen de Vandalia ni de Lumpa, son chilenos. Tienen padres separados, ausentes, presos, esclavos o víctimas de la drogadicción, el alcoholismo y la violencia intra-familiar, porque ellos, sus padres y sus abuelos son y fueron marginados en nuestro país, sin acceso a seguridad social, educación, salud, o empleo de calidad. A este ritmo, sus hijos serán también marginados en nuestro país.

Leía el otro día un artículo publicado en un blog, una nota que parece haber concentrado bastantes lectores. Ahí el autor, profesor en distintos niveles que no publica su nombre real, destaca que “el chileno promedio” tiene un nivel intelectual paupérrimo, y designa, entre otras grandes declaraciones, a las movilizaciones estudiantiles como “La revolución de los tarados”.

Me pasó algo curioso cuando leí su artículo, cosa que viene al caso ahora. Pueden leerlo en: http://mandaliex.blogspot.com/2011/08/la-revolucion-de-los-tarados.html?spref=tw

Comparto su mezquino diagnóstico con respecto a que somos partícipes de un momento de decadencia en nuestro país, por ejemplo en cuanto al paupérrimo nivel intelectual del chileno promedio. En mis distintos desempeños laborales me ha tocado interactuar con “chilenos promedio” de todas las edades, y en particular con jóvenes entre 10 y 25 años. El nivel intelectual es paupérrimo, su ortografía y gramática son espeluznantemente malas, no sé si a propósito –para leerse más moderno-, o sin querer; y, lo que es mucho más preocupante, el manejo sintáctico y de vocabulario es horroroso. Digo que es muy preocupante porque creo que esa parte tiene una relación bastante directa con la capacidad de pensar (cuando pensamos, hablamos con nosotros mismos, utilizamos el lenguaje para pensar). En fin, paupérrimo, pésimo, penca, decepcionante.

Es un diagnóstico mezquino, lo mismo que cuando me enojo porque algunos hacen barricadas que me impiden llegar al trabajo, “provocan” que se lancen bombas lacrimógenas que arruinan el aire por donde transito, porque debido a las movilizaciones que llevan ya más de dos meses se retrasaron algunos pagos que me correspondían. Me enojo, y en mi casa comento la rabia que me da que unos huevones roben descaradamente computadores de un banco en plena marcha.

Pero todos estos “maleducados” son nuestros. Estos jóvenes que apenas pueden expresarse, que ni saben qué significan algunas de las consignas del movimiento estudiantil, son nuestros. Y merecen ser parte de estos movimientos, porque son nuestros. No podemos vivir a expensas de quienes forman parte de nuestro país.

En el artículo al que me refería recién se atribuye la decadencia a que “hay demasiado resentimiento, demasiada ignorancia, demasiada maldad, demasiada estupidez.” Volvemos a los psicologismos, a individualizar los problemas. Volvemos a esperar que “si se las arreglan bien, si no, que se caigan del borde de la Tierra”. Llamamos a la responsabilidad personal, a ser esforzado, responsable, inteligente, educado, pero nos enojamos cuando aquellos a quienes “el sistema” ha dejado fuera, ha marginado históricamente se expresan del único modo que logra que sean notados, que sean vistos. Nos enojamos con su violencia, cuando les cerramos la puerta de “nuestro país” en la cara, día tras día. Cuando no existen hoy en Chile oportunidades para que ellos realmente puedan ejercer plena responsabilidad personal.

No justifico esta violencia, de hecho me causa muchísimo desagrado, pero me motiva a intentar comprenderla, explicarla, abordarla. Hoy, Salazar lo explicó muy bien, el “lumpen” ES parte de la historia de Chile: peones, conventilleros, desempleados, maleducados. Siempre personajes marginados de nuestro proyecto-país. El “flaite” es una creación nuestra, es producto de nuestra educación, economía, y políticas de salud y seguridad social. 

Cuando observamos a estas personas como seres extraños a nosotros, se facilitan argumentos extremadamente racistas acerca de la infra-humanidad de estas personas. Eso es violencia. Y la violencia genera más violencia. No justifico sus acciones, pero tampoco justifico las nuestras; sólo si intentamos comprender estos fenómenos sociales e integrarlos dentro de nuestra historia, podemos avanzar hacia superar este estado, a través -por supuesto- de la superación de las condiciones actuales de desigualdad y marginalización en las que vivimos. 

Lo que ocurre en otros países del mundo quizá ES contagioso, porque en el mundo, y acá en Chile, estamos diciendo que no nos gusta como andan las cosas, que no queremos esta desigualdad, esta miseria, esta falta de oportunidad, que un “que se jodan” ya no es suficiente.

Infiltrados encapuchados: Desde las lejanas tierras de Lumpa y Vandalia

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