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La siguiente nota fue publicada originalmente en el suplemento “En el sofá” de El Magallanes/La Prensa Austral, Punta Arenas, 6 de noviembre de 2011.

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Una cuestión de honor

‎“Practiqué, entrené, ejercité mi vida entera, nunca tuve una cita, nunca tomé un trago ni una cerveza, hacía flexiones desde que era un feto, volé al otro lado del mundo, todos quienes alguna vez me conocieron estaban ahí, sonó el disparo,…”: Segundo lugar por una milésima de segundo.

Es ingrata la vida del deportista, y Jerry Seinfeld lo describía bien.

Cuando chicos soñamos con ser el próximo Messi, o algunos de nosotros el próximo McGrath, Hawk, Mirra o Rossi, sin embargo poco nos imaginamos acerca de los sacrificios de la vida de nuestros héroes. Frente a las cámaras los semi-dioses se muestran felices, satisfechos con una vida recompensada material y deportivamente. Sin embargo, incluso en deportes de alto “rating” como el fútbol, tan solo algunos pocos pueden vivir esas vidas, y sus pies levitan sobre un mar de esforzados deportistas mal pagados, que casi nadie conoce, y entre los cuales podrían volver a nadar si no logran traspasar los límites de lo humanamente posible cada domingo.

Hace dos semanas falleció en plena carrera Marco Simoncelli, una de las jóvenes promesas del motociclismo italiano, recordándonos cuán sacrificada es realmente la vida del deportista. Sin embargo, cito las palabras del Dr. de MotoGP Claudio Costa, que recuerdan la gloria de quienes viven la vida al límite: “en las venas de los pilotos hay gotas de locura Dionisiaca que son hermosas porque otorgan a los héroes del motociclismo el poder de vivir la vida a fondo…Los pilotos viven como dioses. En ciertos momentos comprenden que deben volver al mundo de los mortales. Pero no es esto un castigo: ellos ya lo han convertido en un paraíso.”

El deporte, como el arte, es una cuestión que se ha vuelto inútil en nuestra sociedad. Salvo excepciones, la vida del deportista es ingrata. Pero tal como el arte, el deporte se alimenta de honor y gloria, y exhume una belleza extraña, que lleva a algunos al fanatismo, porque en el deporte nos probamos a nosotros mismos y somos partícipes de la plasticidad humana: Cuánto podemos lograr, cuánto podemos crecer, cuánto puede madurar nuestra determinación.

Tal como el arte, el deporte no puede morir. Y es necesario y deseable que su utilidad sea comprendida: A través de su práctica, incluso quienes jamás aspiramos a trascender el amateurismo crecemos como personas. Por eso, aprovecho este espacio para felicitar iniciativas como la del Club Deportivo GeoPark, que exhibieron el pasado fin de semana nuevamente los frutos de una valiosa trayectoria educativa con los jóvenes deportistas de la Región. Mi orgullo es por varias razones personal, en parte ya que por muchos años yo también intenté probar la plasticidad humana sobre una bicicletita desproporcionadamente chica, y fui parte de un deporte “marginado”, sin apoyo ni infraestructura. Pero donde mis amigos y yo nos quejamos, los “bikers” magallánicos trabajaron, y lograron reconocimiento social para esta actividad, de la mano de un valioso aprendizaje en términos de autogestión y logro de objetivos.

El fin de semana pasado fue una fiesta del deporte, por lo entretenido de sorprenderse de lo que algunos son capaces sobre una bicicleta, pero también porque fue un día en el que el deporte demostró su valor, su utilidad, su potencial. Felicitaciones a GeoPark y a la Ilustre Municipalidad de Punta Arenas por hacer posible esto.

 

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