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La siguiente nota fue publicada originalmente en el suplemento “En el sofá” de El Magallanes/La Prensa Austral, Punta Arenas, 30 de octubre de 2011.

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La institucionalización de la ignorancia

¿Por qué algunos oprimen el botón para bajar, además del botón para subir que yo ya había oprimido, y cuando llega un ascensor que va bajando lo rechazan un poco sorprendidos de que paró en este piso y dicen “ah no, éste baja”, a la vez que vuelven a oprimir el botón para bajar apenas el ascensor se va?

Otra cosa que nunca voy a entender es por qué dejamos voluntariamente de aprender. A veces, no tenemos la posibilidad de seguir estudios formales, o no tenemos ni tiempo ni dinero para meternos a clases de ese instrumento musical o tipo de baile que tanto nos llama la atención, y eso es lamentable, pero lo que es realmente triste es cuando nos negamos a poner un poco de atención y abrir nuestra cabeza a nuevos conocimientos, de alguna manera, a estar dispuestos a que en nuestro cerebro tengan lugar nuevas conexiones neuronales, cosa que todos sabemos que ya de por sí la edad nos dificulta un poco; en realidad, ¿no sería justamente ésa una buena razón para practicar conscientemente el arte de aprender?

Si observamos detenidamente muchas de las leyes o reglamentos que son emitidos para guiar nuestro comportamiento, sea en el tránsito, en el colegio, o en nuestro país, podemos ver que esconden un intento por hacer el viejo “no, porque no” del papá que se cansó de explicarle lógicamente sus instrucciones al hijo y ya le interesa más que simplemente no vuelva a meter los dedos al enchufe, que su aprendizaje de que podría electrocutarse, y morir, haciendo eso. Como sociedad somos una manga de papás cansados, y nos dejamos tratar como una manga de niños molestos en plena edad del “¿por qué?”.

Las señales del tránsito nos tratan como idiotas. Son exageradamente explícitas y prohibitivas, y han dejado tan poco lugar para el criterio personal que basta con que se corte la luz para que choquen sin parar los autos bajo un semáforo apagado. ¿Han visto manejar a los argentinos? Son unos locos, y el tráfico bonaerense es una selva, pero cada uno de ellos está mucho más consciente del otro, y del entorno. Ellos deben realmente aprender a manejar. Nosotros solo necesitamos tener auto.

Pero la idiotez más grande es con la dieta. Quizá no haya cosa más importante para la salud de una persona que los alimentos que consume. Tanto es así que científicos están hallando en nuestra dieta occidental moderna el origen de muchas enfermedades que padecemos –en el pleno sentido de la palabra: cual si fuera inevitable- como sociedad; cánceres, hipertensión, diabetes, obesidad, etc. Pero como nos da lata enseñar, prohibimos la venta de golosinas en los colegios, y utilizamos endulzantes artificiales para las golosinas -tan solo poniéndoles un rótulo de ínfimo tamaño en el paquete advirtiendo de esta atrocidad. Como nos da lata aprender, compramos sin fijarnos más todo lo rotulado “Light”, “sin grasa” y “sin azúcar”, y endulzamos con elegantes pastillitas que se derriten en nuestro café dejando un sabor asqueroso. No interesa aprender ni enseñar sobre ejercicio físico, sobre necesidades nutricionales, sobre moderación, ni sobre gusto.

Nos vamos poniendo viejos, ya salimos del colegio, ahora es opcional aprender, y si queremos

“todos los días se aprende algo nuevo”.

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