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La siguiente nota fue publicada originalmente en el suplemento “En el sofá” de El Magallanes/La Prensa Austral, Punta Arenas, 23 de octubre de 2011.

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Equilibrio precario

A propósito de problemas estructurales que atraviesan prácticamente todas las economías mundiales por estos días, y frente a los cuales ya difícilmente podemos estar inatentos, hay una interesante y tenebrosa configuración en el sistema económico chileno que me parece útil traer a la mano. Se trata de un precario equilibrio que se sostiene en, al menos, un puñado de factores basales. Digo equilibrio en el mismo sentido en que aquel gato que caía desde un edificio encontraba que todo iba ”bien por ahora”, mientras pasaba por el cuarto piso.

Tenemos por un lado a la educación superior, que ha logrado en Chile una cobertura impresionante, pero lo más notable reside en su penetración simbólica, como consagrado mecanismo de movilidad social. Lamentablemente, pese a que falta el espacio para extenderse en esto, muchas veces la movilidad social es descendente. Léase: Poca empleabilidad de egresados, aranceles y deudas abultadas, sueldos francamente pencas. Se origina una sensación de que sobran profesionales, cuando en realidad Chile todavía necesita mucho de profesionales bien preparados; las áreas de empleo relativamente seguro y bien pagado se vuelven cada vez más restringidas, y muy relativas al capital social o red de contactos del sujeto. Esto último rara vez se consigue en la educación superior, como está ultra-demostrado.

Tenemos por otro lado una población en rápido envejecimiento; la gente tiene cada vez menos hijos, ¡y no los culpo! Una persona de clase media, profesional, tiene cada vez más dificultad para asegurarle a sus hijos un futuro siquiera semejante al suyo en la actualidad.

La economía chilena se sostiene en gran parte sobre estas bases, generando un escenario muy precario, en tanto tenemos el caso cada vez más frecuente del hijo que sigue viviendo con los padres hasta avanzada su adultez, mientras estudia (a veces hasta posgrados) y trabaja recibiendo un sueldo que no refleja su preparación profesional. Esta persona, naturalmente, no puede mantener el mismo nivel de vida por su cuenta, y menos decide tener hijos. Su fresco aunque interesante currículum e iniciativas postulan a trabajos junto a cientos de otros como él, resultando que casi siempre trabaja en empleos para los cuales está sobre-calificado, y se demora en conseguir empleo. Sus padres, en tanto, trabajan pasada su jubilación, debiendo representar todavía la población activa, ya que las personas que antiguamente ocupaban este lugar lo empiezan a hacer ahora mucho más tarde.

A pesar de esto, los profesionales en Chile todavía somos pocos. Quienes pertenecemos a esta elite intelectual –aunque no parezca tal- somos objeto de indignos casos de empresas de gran crecimiento y rentabilidad, con iniciativas modernas de trabajo, jóvenes profesionales, bien preparados, inteligentes, de procedencia media-alta y alta, quienes sin embargo reciben sueldos que les alcanzan muy cómodamente para “carretear” todos los días y comprarse cosas que no necesitan, mientras viven bajo el techo de sus padres. Pero no alcanzan ni por lejos para vivir de manera independiente, y criar hijos logrando una movilidad social ascendente. Y lo digo nuevamente, se trata de una elite, no de casos menos afortunados.

Como dijo el gato aplastado: “Hasta ahora vamos bien”

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