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La siguiente nota fue publicada originalmente en el suplemento “En el sofá” de El Magallanes/La Prensa Austral, Punta Arenas, 9 de octubre de 2011.

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¿Rating democrático?

La democracia, concepto multifacético si los hay. Pero, por su propia multiplicidad de caras, conviene ser cuidadoso en cuanto a cómo la definimos, ya que la defensa aguerrida de algunas nociones de democracia pueden llevarnos a serios problemas de convivencia.

En lo personal, le tengo terror a las multitudes. Me pone desde luego nervioso la presencia de una gran masa, física y muy real, de gente. Sin embargo, lo que es para mí realmente preocupante de las multitudes es su efecto de desdibujar las diferencias y lograr, aunque se trate de algo momentáneo y enteramente circunstancial, una especie de “promedio”. Las personas se convierten en “la gente”, y las ideas se convierten en ideologías. Para bien, y para mal, las multitudes tienen enorme fuerza y pueden conseguir aquello que los individuos jamás se atreverían a intentar.

Para mí, democracia alude a la noción de que el poder está en manos de todos los unos. Estos unos tan solo pueden actuar en conjunto para efectivamente ostentar alguna clase de poder, sin embargo, se trata de unos. Sin embargo, muchas veces cuando alegamos por la necesidad de “democratizar” determinada cosa, nos olvidamos un poco de la participación de todos los unos y nos volvemos en cambio defensores de los grandes promedios. El juego de la palabra “uno” es útil, ya que algebraicamente será lo mismo sumar unos y dividirlos por la cantidad de unos considerados (obteniendo uno), pero políticamente queremos que aparezcan los distintos unos en escena para tener realmente algo cercano a la democracia.

Cuando se trata de la estética y la información esta discusión se vuelve especialmente importante. A través de las tecnologías de comunicación e información tenemos posibilidades sin precedentes de dar lugar a distintas identidades, a distintos tópicos de discusión, a distintas expresiones, a distintas opiniones e intereses. Algunas personas privilegiadas, en particular los jóvenes, parecen tener claro esto y usan estas herramientas –como Internet- para ejercer su democracia estética e informativa. Gozan de distintas fuentes, brindando y percibiendo opiniones diversas, reuniéndose con distintas personas, encontrando más información de la que pueden hacer uso.

Sin embargo, nuestros medios de comunicación más masivos –y los que están al alcance de la mayoría de los ciudadanos, quienes no tienen y/o no saben utilizar estas nuevas tecnologías- hacen caso omiso de esto, y dedican sus esfuerzos a calcular grandes promedios. La omnipresencia del televisor en los hogares chilenos es un buen ejemplo de falsa democratización, ya que su programación no es en absoluto representativa, y termina siendo sencillamente una efectiva forma de taladrar las mismas opiniones y contenidos en las mentes de los televidentes.

La raíz del problema está en el rating como viciado instrumento de retroalimentación, terminando en una entrega de contenidos monótona y tendenciosa. Ver que tras el éxito de un programa de imitadores, cada canal “inventa” el suyo propio, o que todos han hecho lo mismo con la inclusión de un espacio para hablar de farándula…

Debemos ser críticos y honestos con respecto a cómo entendemos “lo que la gente quiere”, asegurándonos de no confundir a las personas con las multitudes.

 

 

 

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