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La siguiente nota fue publicada originalmente en el suplemento “En el sofá” de El Magallanes/La Prensa Austral, Punta Arenas, 13 de noviembre de 2011.

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No estamos preparados como país

A menudo escucho esta frase. Aparece, en general, en boca de defensores de la situación actual frente a un cambio percibido como amenaza. Un ejemplo reciente en el que aparece es el tema de la unión civil, o siquiera vida en pareja entre personas del mismo sexo, o también la cuestión acerca de la posibilidad de que la educación superior sea gratuita, aunque podemos verla colada en casi cualquier conversación sobre este tipo de atrocidades impensadas. En general, se trata de temas cuya generación o transformación escapan de los límites de la flexibilidad cultural o institucional de los chilenos, (respectivamente para los ejemplos mencionados) según el observador, por supuesto. Pero también utilizamos esta frase en un nivel más personal: “no estoy listo para aceptar que mi hijo prefiera escuchar Daddy Yankee en vez de Mozart”.

Mi principal objeción con esta frase es que constituye un acto de inmediata cristalización de un estado: quien lo dice establece en ese momento –de forma plenamente arbitraria- cuál es realmente el ser de la cosa, basándose en una imagen estática que él mismo tomó; por supuesto, lo que sea que escape a su foto se considera externo, inauténtico, antinatural, imposible, y finalmente, peligroso.

No se trata sencillamente de una renuencia al cambio o a la adaptación en el plano de la propia voluntad, sino de imponer una definición –reducida- de cómo son “realmente” las cosas, o mejor, de cómo deben ser, implicando a la vez que intentar cambiar esto no es posible. A menudo caemos en esto, y olvidamos una de las características más esenciales de toda realidad social y personal: es enteramente construida. Y lo construido es modificable. Lo construido es des-construible. Una de las variantes más frecuentes de este problema es el conservadurismo religioso, y –dicho sea de paso- esa es también una incongruencia básica muy grave, en tanto se confunden el plano de lo secular (la realidad e historicidad del hombre) con el plano de lo sagrado (la realidad y eternidad de Dios). Pero en fin…

Por supuesto, para poder llevar a cabo nuestras vidas de manera relativamente estable, es necesario ir estableciendo algunos common grounds para poder pararnos con pie firme, y lo gelatinoso de la realidad se lo dejamos a los teóricos. Sin embargo, es cuestión de obtusos negar la maleabilidad que subyace a todo lo que consideramos estático, y llevado demasiado lejos nos impide avanzar y crecer. Hay que encontrar un balance.

Además, la vida tiene extrañas maneras de hacernos recordar esto, siendo que generalmente los desafíos a nuestras ideas preconcebidas se presentan, de hecho, en momentos en los que nos es posible –aunque sea con un considerable esfuerzo- redefinirnos. Cada vez que una de nuestras nociones más dogmáticas del mundo se ve desafiada reaccionamos con algo de agresividad, al percibir esto “ajeno” como una amenaza. Pero le estamos otorgando ese carácter nosotros, imaginando que se trata de una característica suya.

Cuando como sociedad nos paramos porfiadamente en esta frase solo llegamos a una profecía autocumplida de nuestra propia incapacidad de adaptarnos y crecer. ¿En qué momento estaremos preparados? Tan solo desde el instante en que lo intentamos.

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