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Libertades sordas

“¿Cuál es la idea, silenciar al que piensa diferente, acallarlo por la fuerza?”, dijo el alcalde de Providencia hace unos días, sorprendido por el revuelo que causó el anuncio de un homenaje a Miguel Krassnoff que encabezaría él mismo en el Club Providencia. Cuando un ex agente DINA pronuncia una frase como ésta, a propósito del homenaje a un hombre condenado a más de 144 años de cárcel por violación a los derechos humanos, la ironía es inconmensurablemente pesada.

La libertad de expresión, así como otros principios básicos en una sociedad democrática, es una cuestión compleja. Realmente, cada quien tiene derecho a expresar libremente su opinión y a no ser censurado por ello, sin embargo, volvemos a un clásico dilema: ¿debe ser libre de expresarse quien sostenga una postura que atenta contra la libre expresión de otros? O más precisamente, ¿quien ensalza hechos y comportamientos que atentan contra la libre expresión de otros?

Hay cosas en las que aparentemente los chilenos no nos pondremos jamás de acuerdo, y una de ellas es el régimen militar desde la primera mitad de la década del setenta. Las razones son diversas, algunas son de carácter filosófico o político-económico, que no son despreciables pues tienen que ver con formas de organización profundamente diversas que condicionan en gran medida nuestras vidas, sin embargo las diferencias más graves  tienen que ver con la admisión o no de delitos contra la humanidad; secuestros, asesinatos, torturas, desaparecidos. Históricamente, en Chile, ambos tipos de razones se han visto entrelazadas fuertemente. Así, muchas veces quienes ven en las transformaciones político-económicas de aquellos años una salida de una situación crítica, se ven obligados a hacer vista gorda, o en ocasiones, a justificar –aunque sea en mínima parte- los horribles crímenes cometidos en esa época. De manera inversa, sin embargo, quienes ven en estas transformaciones un camino de decadencia tienden a otorgar tan solo a sus protagonistas la responsabilidad por haber atentado contra la vida y los derechos de las personas, menospreciando los crímenes y atentados de los líderes propios.

Hacer coincidir las perspectivas más polarizadas resulta francamente imposible, y quizá ni siquiera es deseable, sin embargo es vergonzoso que hasta el día de hoy seamos capaces de hacer la vista gorda, justificar o menospreciar los crímenes y atentados cometidos. Me refiero tanto a la derecha como a la izquierda. Defiendo el derecho a expresar ideas diferentes como cuestión básica en nuestra sociedad, pero el blanqueamiento de la violencia de la que fuimos y somos cómplices es inadmisible. El derecho sigue al criterio; derecho a defender lo indefendible, a defender la destrucción de los derechos, es una falta de criterio, de tino, de educación. Nuestra libertad empieza donde termina la del otro, ¿no?

El alcalde Labbé plantea inintencionalmente una pregunta válida, que respondo con una propuesta: No por la fuerza. Callemos como sociedad homenajes al desprecio a la vida humana desde su verdadera raíz, a través de la educación, del repudio universal a la violencia; admitamos la falta y no volvamos jamás a permitir que estos hechos se repitan en nuestra tierra. ¿Pido demasiado?

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