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La siguiente nota fue publicada originalmente en el suplemento “En el sofá” de El Magallanes/La Prensa Austral, Punta Arenas, 27 de noviembre de 2011, bajo el título “La cosificación de la experiencia”.

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x2 = 2ax

Uno de los cambios más radicales en las categorías del pensamiento humano ocurrió cuando se comenzó a utilizar letras en las operaciones matemáticas. Esto introdujo repentinamente la noción de símbolo-en-relación y nos permitió pensar en funciones o en ecuaciones, a diferencia de un simple uso representacionista de los números. Es decir, nos permite imaginar elementos cuyas características no son intrínsecas, sino abiertas y determinadas por otros elementos, según su variación. Nos permite pensar, consiguientemente, en sistemas.

El pensamiento matemático de este tipo está hoy tan difundido que llama un poco la atención recordar que en algún momento fue algo novedoso dejar de pensar en unidades monádicas solamente, para dar lugar a sistemas de relaciones. Sin embargo, la utilización de estas nuevas categorías ha sido bastante más difícil de integrar a nuestra conceptualización de la experiencia cotidiana, o incluso, de la práctica clínica (psicoterapia, medicina, etc.).

En lo cotidiano, pensar en cosas como conocimiento, memoria, valor o simpatía tiene que ver con pensar en cosas que una persona tiene, en mayor o menor medida. Lo mismo nos ocurre cuando pensamos en liderazgo, poder o encanto; si bien la propia existencia de estos conceptos depende de poner a la persona en relación a otra, cosificamos estos elementos y los consideramos cualidades que uno puede tener o no tener. Cuando estamos en nuestro grupo de amigos cercanos y se acerca un extraño, nos llama la atención que no converse inmediatamente con todos nosotros con soltura, y nos parece que es “corto de genio” o que “tiene poca personalidad”, como cualidad suya intrínseca, independiente del contexto donde se encuentra.

En realidad, en lo más básico de nuestras percepciones de las realidades físicas o sociales, lo que percibimos no son sino relaciones; solo podemos captar relaciones, sin embargo, convertimos todo en unidades aisladas, cerrando nuestra mirada y llenándonos de problemas. De alguna manera, todas las antiquísimas disciplinas espirituales ya reconocían esto, al decir, por ejemplo, que todo es Uno y que es el ego –o la mente- el que separa las cosas.

Nos ocurre lo mismo con lo más básico de nuestras percepciones sensoriales. No somos capaces de distinguir calor si nuestra piel no se encuentra a una temperatura distinta del objeto que tocamos, no podemos percibir la rugosidad de una superficie sin desplazar nuestra piel sobre ella, no podemos ver el color de un objeto sin una luz particular que lo presente, y si un sonido permanece en una frecuencia estática durante algún tiempo, ¡dejaremos de percibirlo!

Creo que el patrón en todos estos ejemplos es muy claro: se trata siempre de relaciones en curso: nuestra existencia completa y nuestras capacidades de experimentarla penden de un sinfín de funciones o sistemas de relación en los cuales nos vemos inmersos. La importancia de comprender esto es tremenda para redefinir nuestras experiencias cotidianas, desde comprender que las acciones de los demás siempre se sitúan en un contexto que las explica, hasta entender que la manera en que nos parece que las cosas son, tiene tanto que ver con nosotros mismos y nuestras propias nociones y prejuicios, como con ellas mismas.

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