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La siguiente nota fue publicada originalmente en el suplemento “En el sofá” de El Magallanes/La Prensa Austral, Punta Arenas, 08 de enero de 2012.

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La capacidad generativa de las palabras

Gracias a cientos de años de discusión epistemológica, hoy somos capaces de comprender la cualidad política de las palabras, es decir, su potencial de generar y transformar realidades sociales. Las palabras no funcionan como mero instrumento de codificación del mundo, poniéndole nombre a cada cosa, sino que construyen realidades. Porque aun si meramente nombraran a las cosas, las estarían distinguiendo, les estarían otorgando “entidad”. Cuando somos capaces de decir “derechos humanos” estamos haciendo un trabajo de creación de facultades correspondientes al Hombre, más que un trabajo de descubrimiento de éstas.

Es importante el cómo nombramos a la cosas. El lenguaje crece y se transforma con el uso que le dan las personas a lo largo del tiempo, modificándose lo que entendemos por uno u otro término, cambiando connotaciones, o incluso cambiando completamente el uso que se le da a algunas palabras. Así, usamos distintas palabras en cada época, y tenemos ante nosotros a distintos mundos en cada época. El hecho de que los “jóvenes” y los “ancianos” parezcan venir de mundos distintos se debe en gran parte a cómo son capaces de describir su entorno y describirse a sí mismos; ellos viven en mundos distintos.

Quiero detenerme en algo ahí: la autodescripción. La forma más palpable de ser testigo activo del rendimiento generativo del lenguaje es a través de observar cómo nuestra propia id-entidad se construye a partir de lo que “nos contamos” acerca de nosotros mismos. ¿Qué tal si nos referimos a nosotros como “tonto” o “feo”? Pero ocurre que, paradójicamente, con nuestra identidad basada en estos conceptos de nosotros mismos, luego explicamos a otros que sencillamente estamos nombrando lo que “está ahí”: “es que soy tonto, nada me sale bien”; “es que soy feo, ¡simplemente mírame!”.

Como sociedad a veces hacemos esto mismo, parecemos negar el carácter generativo del lenguaje que construye constantemente nuestra realidad, aduciendo que simplemente utilizamos el lenguaje como forma de darle nombre a las cosas que están ahí (“desde antes de ponerles nombre”). Decimos que da un poco lo mismo, que todos sabemos lo que “realmente” ocurre, y que podemos describirlo de una u otra forma. O bien, subestimamos la potencia de las palabras que utilizamos o podemos utilizar, subvencionando esta apreciación con el uso de subtítulos o explicaciones anexas: “todos sabemos que el índice de pobreza está situado muy bajo, que obviamente todavía falta camino por recorrer, pero igual es bueno poder anunciar que hemos reducido la pobreza del país ¡a la mitad!”. Pregúntele a los argentinos si sirven estas explicaciones anexas. Bueno, no a cualquier argentino…

O pregúntele a ese niño que se autodefine como “tonto”, luego de años de ser llamado “huevón” por su padre, quien explica que “solo lo dice para molestarlo un poco, él sabe que no es tonto”.

Las palabras construyen mundos, crean realidades, y apelan a nuestra racionalidad tanto como a nuestras emociones. Las palabras que utilizamos nos definen y definen a nuestro entorno, sencillamente

no da lo mismo.

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