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Libertad y responsabilidad

A mí me molestan los borrachos, encuentro que el olor a cigarrillo es horrible, y prefiero estar alejado de ambas cosas. Sencillamente no me gusta, y en general busco otro lugar para estar. Menos me gusta ver a niños fumando, y me ponen triste y enojado los accidentes de tránsito causados por alguien embriagado.

Dicho eso, la cantidad y calidad de sustancias que alguien quiera consumir me parece enteramente asunto y decisión suya. Por ello, creo que no es mala idea prohibir la venta de estos productos a menores de 18 años, pensando en que al menos estas personas tengan una edad que les permita tomar decisiones con algo más de madurez. Tristemente, la edad no es un indicador perfecto de ello, pero supongo que en algo ayuda.

Pero, de ahí a prohibir enteramente la venta de sustancias o prohibir enteramente su publicidad… Ocurre lo mismo que con la prohibición de vender “comida chatarra” cerca de colegios, con la cotización obligatoria de nuestros ingresos imponibles, con mantener que el voto sea obligatorio. Qué bueno que los niños se alimenten sanamente, qué bueno que los trabajadores utilicen informadamente los mecanismos de seguro social para su beneficio personal y familiar, qué bueno que los ciudadanos manifiesten su voluntad en tiempo de elecciones, pero no podemos convertirnos en niñeras de nosotros mismos. Eso es subestimar a la gente y su capacidad de tomar responsabilidad; es colocar nuestras expectativas a un nivel peligrosamente bajo. Así nadie aprende: sencillamente basta con que le digan qué puede y no puede hacer.

Equivocarse y acertar, como producto de nuestras propias decisiones es lo que realmente nos enseña lecciones. Y quizá más el equivocarse.

Podemos pensar en ciertos límites a la venta y publicidad de sustancias nocivas para la salud, como las advertencias de que fumar aumenta el riesgo de un sinnúmero de problemas de salud, o que beber alcohol en exceso trae como resultado convertir a un caballero en un imbécil (ojalá con palabras más adecuadas), pero en el fondo debemos reforzar la educación acerca de estos efectos nocivos, o bien de que la publicidad de estos productos ha sido siempre fabricada para mostrarnos de las maneras más ridículas y caricaturezcas, cuán bien nos sentiremos al consumirlos. Pareciera que no hay más macho que el vaquero que fuma Lucky Strikes, o mejor fiesta que una acompañada de Ron no-sé-cuánto. Enseñemos y aprendamos que esta publicidad no tiene mucho sentido, pero no prohibamos su existencia; los publicistas tienen todo el derecho a intentar llamar a nuestros profundos deseos de pertenecer.

Esta foto acompaña esta nota porque por muchas razones esta era una época de oro del motociclismo para mí. Los mejores pilotos, en las mejores motos, sin restricciones por emisiones o sonido, y la descarada publicidad de cigarrillos en medio de este deporte. Qué bien se veían esos colores en esa Yamaha… Había recursos para realizar esta actividad, porque –entre otras cosas- las compañías de cigarrillos pagaban toneladas de dinero por estar ahí. Hoy, que ya no se puede incluir publicidad de este tipo, muchos de estos deportes parecen estar en peligro de extinción. Si soy honesto, lo encuentro una triste combinación, pero es así.

Ojalá cada día menos gente beba y menos gente fume. Pero tapar el sol con un dedo no sirve de nada, uno debe aprender a no mirar al sol directamente.

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La siguiente nota fue publicada originalmente en el suplemento “En el sofá” de El Magallanes/La Prensa Austral, Punta Arenas, 29 de enero de 2012.

 

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