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La siguiente nota fue publicada originalmente en el suplemento “En el sofá” de El Magallanes/La Prensa Austral, Punta Arenas, 19 de febrero de 2012.

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Complejidad

Los robots son objetos fascinantes. No solo porque pueden realizar tareas que a nosotros los humanos nos resultan peligrosas, tediosas o difíciles de calcular, ni tampoco porque sean capaces de tomar organización y vida propia, desafiando a sus creadores y convirtiéndolos en fuente de energía para su malévola existencia -cuando no empujándonos hacia una dolorosa extinción. Más en serio, lo fascinante es que como todo objeto de creación humana, todo de cuanto es capaz depende de programación humana. La cibernética, desde las formas más elementales y mecánicas de autoorganización, supone la creación de un objeto que es capaz de inteligencia.

Esa es una idea que a mí me fascina, la creación de inteligencia. Sin embargo, cada ápice de esta inteligencia artificialmente creada es programado, por lo que naturalmente la cibernética y las ciencias humanas convergen en algún punto: para poder crear inteligencia es necesario estudiar nuestras lógicas de pensamiento y acción y lograr emularlas, fabricando desde sus elementos más básicos. Es un arduo ejercicio de ingeniería inversa.

Un capítulo donde el trabajo con robots se vuelve especialmente arduo es en lograr trascender las estructuras de determinación directa, para lograr una programación suficientemente compleja como para dar cuenta de los procesos de constante e instantánea retroalimentación-acción que toman lugar en toda inteligencia propiamente tal. No es casualidad que también las ciencias sociales choquen sus cabezas en esta etapa. Nuestra formación científica moderna, basada todavía demasiado en el positivismo decimonónico, influye en nuestra educación general y modela nuestras categorías de pensamiento de tal forma que a diario tenemos esta dificultad de pensar plenamente en complejidad. Dicho de otra forma, estamos acostumbrados a pensar en términos de separación de variables, en términos de causalidad lineal. Esto nos hace casi incapaces de conjugar categorías de estructura y categorías de fluidez de manera consciente, como sí parecemos capaces de hacerlo de manera “inconsciente”, a través del uso irreflexivo de nuestro cuerpo, por ejemplo. “Parálisis por sobre-análisis” se llama nuestro problema intelectual, y entonces me surge una pregunta ¿cómo aprender de esta sabiduría de nuestro cuerpo? La cibernética parece hacerse esta pregunta, y demostrar avances, por ejemplo con el robot ASIMO de Honda, que es hoy en día capaz de caminar, una actividad que es TAN compleja cuando la observamos de cerca, y que damos tan por sentado (qué irónico).

¿Cómo describir la complejidad? ¿Es posible, o debemos resignarnos al silencio del taoísmo? Quizá debamos dedicarnos a la mera contemplación sin-acción, al estar zen-tado… Pero entonces, ¿las ciencias sociales deben terminar? ¿O deben dedicarse a realizar meros simulacros, meros modelos ceteris paribus de la realidad? ¿Y dónde nos deja eso, en términos de poder marcar diferencias concretas y bien informadas en las vidas de las personas?

Teniendo la intuición de que la realidad social es compleja, y por tanto, no-lineal, es un tema de responsabilidad disciplinaria llegar a comprender los fenómenos que nos aquejan, como la drogadicción, delincuencia y pobreza, en términos que efectivamente den cuenta de esta complejidad. Mientras tanto, seguramente se está ayudando a muchas personas, pero a riesgo de perder muchos recursos en el camino.

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