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A veces uno se encuentra de cara con las propias contradicciones.

El otro día salía de almorzar en un restorán y me dirigía a mi auto, cuando de pronto lo noto más limpio –bastante más limpio- que cuando lo estacioné. También los autos de quienes me invitaron a almorzar estaban lavados. Pero no fue una agradable sorpresa, resulta que me acababan de proveer un servicio de lavado de auto sin que yo lo pidiera o lo aceptara. Nunca me había pasado esto; y yo que creía que era una gran insolencia la de los limpiadores de parabrisas santiaguinos, que antes de que uno pueda gritar “¡no quiero que me limpies el vidrio!” ya tienen su solución de jabón esparcida por el parabrisas, y no queda otra que tragarse las palabras y pagar obligado la tarifa. Pero esto me sorprendió mucho; una lavada de auto demora por lo menos unos 10 minutos y amerita al menos un par de lucas: el peaje improvisado se puso bastante caro.

“Esto es una extorsión de mierda”, pensaba, y hervían en mi cabeza imágenes de “estacionadores” y “cuidadores” de autos. Personas que te fuerzan a pagarles sencillamente porque estás haciendo uso de un lugar libre para estacionar, con la tácita convención de que no es tan voluntario el pago como parecería a simple vista. “Esto es una mierda”, pensaba. Estoy seguro que desde su punto de vista, sencillamente no tiene sentido que yo no quiera pagar: tengo un auto nada viejo, me traslado en auto en lugares y circunstancias que podría perfectamente andar a pie, voy a almorzar a un restorán por placer, etc. ¿por qué no voy a poder pagar unos pesos si me puedo dar estos lujos? ¡De seguro “tengo”!

Y con mi enorme sentido de justicia y responsabilidad personal, respeto hacia los demás y ética inquebrantable, digo que sencillamente estoy en todo mi derecho de no querer pagar por lo que no he querido consumir, más encima a gente que no tiene ningún derecho a cobrármelo, en primer lugar. “¡Eso es justo!”, pienso…mientras no pienso en cuál es la razón por la que yo tengo auto, trabajo digno, casa bonita y gente que me invite a comer –sino a veces ir por mi cuenta y me toca ser quien no quiere pagar, en vez de ser quien trata de ganarse la vida cobrando. ¿Me he “ganado” esto? ¿Me lo merezco más que aquellas personas? ¿Cuál es mi mérito? ¿Haber sido buen alumno y hacer bien mi pega, después de haber ido siempre a colegios –razonablemente- buenos y tener el apoyo de muchas personas en cada etapa de mi vida?

No lo sé. No conozco a estas personas, y me enojo por lo que hacen…cuando ni siquiera he pensado bien si yo me dedicaría a algo diferente estando en sus zapatos. Ya lo he dicho antes, a mí no me ha sido fácil abrir puertas, siendo alguien que ha tenido puertas para abrir… entonces, ¿cómo es el mundo desde alguien que no ve otra cosa que paredes? La marginalidad no es estar en el borde, en el margen, es estar por fuera, del otro lado de la pared.

Como sociedad, y como individuos, exigimos esfuerzo, eficiencia, respeto. Pero, ¿lo damos? ¿Estamos realmente brindando oportunidades? Pienso que todavía no hacemos suficiente. “Oportunidad”…suena a palabra trillada, porque creo que todavía no entendemos bien lo profundamente arraigada que está en nuestro país la distribución desigual de oportunidades. Trillado o no, reitero, esto es injusto, poco ético, inmoral, irresponsable, y una falta de respeto.

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Esta nota fue publicada originalmente en el suplemento “En el sofá” de El Magallanes/La Prensa Austral, Punta Arenas, 11 de marzo de 2012.

Perdonen la tardanza con los últimos textos…FUERZA MAGALLANES!!

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