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La siguiente nota fue publicada originalmente en el suplemento “En el sofá” de El Magallanes/La Prensa Austral, Punta Arenas, 25 de marzo de 2012.

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El juego de las apariencias

La imagen es una cosa muy poderosa. Ahí donde se cruzan la comunicación verbal y la no verbal generamos una determinada imagen, en general no del todo intencional, que acaba presentándonos ante los demás. El contenido, la substancia, la “verdad” importa bastante menos, porque en una población numerosa, donde las probabilidades de conocernos personalmente entre nosotros se reducen progresivamente, los símbolos pasan a un primer plano, a modo de mecanismo de reducción de complejidad para el relacionarse a diario. Así, según la “pinta”, por ejemplo, tenemos nuestra primera impresión de nuestra contraparte, y desde ahí seguimos. Pero la imagen no es solo una cuestión visual. También forman parte de ella elementos tan caprichosos como la reputación, la “fama”, o la propia auto-identificación.

Se dice comúnmente que los chilenos somos arribistas, y no voy a ser el que lo desmienta, ya que honestamente una de las cosas que más me gustan de Punta Arenas es que al ser un lugar más pequeño y tener una población menos numerosa, este juego de las apariencias tiene menos sentido. Las reuniones de trabajo son, en general, mucho menos “acartonadas”, la gente lava menos –y cambia menos- el auto, y no parece ser muy escandaloso andar todo el día de zapatillas. Somos menos “chilenos” en este sentido.

El otro día escuché un comercial de radio de autos Mercedes tan ridículo que parecía caricatura, donde uno de los interlocutores con papa en la boca felicitaba al otro por su “swing”, mientras que éste comenzaba a contarle sobre el “autito” que se compró: un Mercedes clase C. El comercial obviamente identifica al auto con el éxito, con el lujo, con personas que pueden referirse a un auto tan espectacular –hay que decirlo- como un “autito”, mientras pasan una tarde de golf en el club de campo privado. Y estos comerciales venden. ¿Por qué el comercial no describía las características y avances de estos autos en lugar de pintar esta imagen que, para quienes no la vivimos, parece una caricatura? Porque lo que se vende es imagen, es símbolo, y no substancia. Seguramente ellos manejan datos acerca de que una proporción importante de clientes Mercedes compran con eso en mente, más allá de las prestaciones técnicas del auto.

Sin embargo, en Chile somos buenos para hacer exactamente lo contrario según la conveniencia. Estudios muestran una y otra vez cómo casi todos los chilenos nos consideramos de clase media en las encuestas. Y no exagero: incluso, según datos de la última encuesta CASEN del año pasado, ¡casi un 98% del 5% más rico de nuestro país se autodefinía como de clase media! Lo mismo sucede con los fenómenos de “flaiterización” –qué palabra- entre los jóvenes, donde sujetos que gozan de una situación relativamente acomodada se visten como, hablan como y participan en actividades del “mundo marginal”. De hecho, en los colegios se observa cómo muchas conductas negativas de los jóvenes, como consumir drogas y alcohol en exceso, estudiar poco y faltar a clases tienen mucho que ver con un “pasar piola” o desapercibido en entornos de este tipo.

Pienso que en Chile tenemos estas fuertes ambivalencias, en el fondo, porque es un modo soterrado de reconocer la enorme desigualdad social que tenemos como escenario. Por un lado, queremos ser “exitosos” y gozar de una vida soñada, por otro, nos avergüenza que la mayoría con suerte pueda tenerla como sueño. Este parece ser el eterno “karma” de la autodefinida clase media. ¿Pertenece usted a ella?

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