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La tecnología y el miedo

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La siguiente nota fue publicada originalmente en el suplemento “En el sofá” de El Magallanes/La Prensa Austral, Punta Arenas, 15 de abril de 2012.

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Hace unos días se llevó a cabo un seminario en Santiago acerca de redes sociales (SSM). Ahí, uno de los temas de discusión –muy interesante- fue lo que podríamos denominar en términos generales “privacidad”, es decir, quiénes y de qué manera pueden tener acceso a nuestros datos, y cómo podemos –y si es que es deseable- regular esto. Por si no lo sabe, cada vez que usted hace un click está entregando datos a un receptor. Por ejemplo, el sistema de búsqueda de google organiza las respuestas de búsqueda, entre otras cosas, de acuerdo a la cantidad y tipo de vínculos que llevan a cada dirección, así, parafraseo una anécdota del seminario de que si MUCHOS hiciéramos click en el aviso de una bicicleta que x persona vende, ¡ese aviso podría ser lo primero que apareciera a nivel mundial cuando uno busca “bicicleta”!

La primera reacción a esta incesante y enorme transmisión de datos es el miedo. Los usuarios se sienten desnudos y vulnerados en su privacidad, y las organizaciones quieren aferrarse a su propiedad intelectual, de ahí, que cada tanto vemos proyectos de ley para evitar la “piratería”. Pero, como se trató en el seminario, el uso de nuestros datos de comportamiento online, va logrando una inteligencia de mercado más…inteligente. Las empresas logran entonces dirigir productos mejor diseñados para personas que realmente podrían interesarse en ellos. Es un poco tétrico, lo sé, y recuerda a esos carteles publicitarios que le hablan directamente a uno cuando camina por la calle, en varias películas de ciencia ficción. Pero, ¿acaso no está cansado de que le llenen la casilla de correo con ofertas que jamás le interesarían? Si se prohíbe la recepción de datos no lograremos sencillamente terminar con esta paranoia, sino que lograremos que solo aquellas empresas que tienen los recursos para conseguir estas bases de datos tengan un monopolio cognitivo sobre los mercados. Es un tema complicado, de cualquier forma.

Ahora, desde la otra vereda, las organizaciones tienen miedo. Los archivos “compartidos” en internet alcanzan virtualmente todo tipo de contenidos, desde películas hasta libros, pasando por software y licencias, y se intenta proteger la propiedad intelectual y perseguir esta “piratería”. Algunos se vuelven paranoicos, protegiendo TODO. Limitan sus contenidos “abiertos” a meros vistazos esperando conseguir subscriptores/clientes que paguen. Pero los mecanismos de defensa hacen subir sus costos, por lo que el precio que debe un cliente pagar se vuelve muy caro. ¿Han visto cuánto cuesta una licencia corporativa para programas de oficina profesionales?

Otros, en cambio, entienden que el mundo ha cambiado, y modifican su modelo de negocios para abrirse, en ocasiones casi totalmente, buscando de otra forma su sustentabilidad. Ejemplos de esto son revistas electrónicas de acceso gratuito, google, facebook, youtube, etc., llenos de publicidad, pero LLENOS de visitas. En el medio, encontramos técnicas de comercio a pequeña escala, como la venta de canciones individuales vía iTunes, o incluso libros vendidos por partes, a solo un par de dólares cada sección. El cliente puede, entonces, consumir selectivamente, sin dejar de pagar.

¿Cuál es la respuesta? Difícil saberlo con exactitud, pero le daré una pista: hacerse el loco no dura para siempre.

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