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El poder de lo invisible

Mi hermano hace unos días compartió una imagen de las opciones de búsqueda más frecuentes en Google que comienzan con la palabra “cómo”. La primera es… “cómo amar”.

Otros días antes, me encontraba en el baño de una estación de servicio y noté un cartel que decía “estimado cliente: por favor no orinar en el piso”.

¿Qué tienen estos dos elementos en común? Algo muy triste. Son la visibilización intencional de elementos cuya gracia reside precisamente en su invisibilidad, o al menos eso es lo que nos gusta creer. En el caso del amor, me refiero a que solemos decir que el amor verdadero “nace de adentro” o algo por el estilo; que debe ser natural y que cuando es “de verdad” lo es; no se puede practicar el amor, no es una técnica, sino un sentimiento; no se puede enseñar a amar como se enseña a sumar y restar. Pero sí se aprende, “invisiblemente”, mediante el ejemplo, ¿no? De hecho, aprendemos a amar viendo cómo otros aman, y cómo otros nos aman.

Algo parecido sucede con algunas pautas básicas de relación con los demás, como por ejemplo el respeto. El respeto practicado nos parece falso, y lo llamamos en el mejor de los casos cinismo. No orinar en el suelo no es algo que evitamos hacer deliberadamente, tanto como algo que simplemente consideramos fuera de toda posibilidad, porque es una grave falta de respeto. Sin embargo, nuevamente, mis padres nunca me dijeron “no debes orinar en el suelo”; sencillamente aprendí mediante el ejemplo, por ejemplo, que uno no deposita, arroja o esparce sus propios desechos donde otros habitan o conviven. ¿Es realmente necesario hacer una nota al respecto?

Lo triste es que ni la nota en el baño, ni la enorme cantidad de personas buscando cómo amar –suficiente como para hacer aparecer esta búsqueda en PRIMER lugar de los “cómo”- son gratuitas; muchos sencillamente no sabemos comportarnos, ni amarnos. Y, ¿dónde está el eslabón perdido? Aunque suene trillado: en la familia, en los padres y hermanos. Ahí es donde ocurre la verdadera educación, y no en los conocimientos técnicos y vacíos con los que nos taladran la cabeza en el colegio. Para desempeñar labores técnicas, harto valen esos conocimientos, pero para estar integrado en la sociedad se requieren otras disposiciones, más “invisibles”.

Demasiado nos preocupamos por la forma, por lo visible y tangible, y olvidamos lo que está de fondo: la disposición humana. Nos cuestionamos, por ejemplo, si una pareja homosexual puede adoptar un hijo, pero no nos cuestionamos si las parejas heterosexuales, formalmente “modelo”, son capaces efectivamente de entregar amor y educación en respeto; nos preocupamos por obtener buenos rendimientos académicos absolutos, pero no nos preocupamos por la inclusión plena de personas con diversas capacidades en una educación inteligente que acoja las diferencias. Nos preocupamos por ampliar la base de votantes, pero no por lograr ciudadanos conscientes que puedan ejercer de manera plena sus capacidades democráticas. Nos preocupamos por alargar la vida, alejar la vejez y la muerte, perpetuar la juventud; sin fijarnos en cómo estamos viviendo nuestras vidas.

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Esta nota fue publicada originalmente en el suplemento “En el sofá” de El Magallanes/La Prensa Austral, Punta Arenas, 29 de abril de 2012.

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