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Me declaro un papá regaloneador. 

Por la sencilla razón de que regalonear con mi hijo y mi mujer es lo más rico del mundo. Mi tío don Patito explicó claramente este fenómeno hace unos días: “hay que aprovechar mientras se puede”, porque sí, todos los cabros crecen y eventualmente se ponen medio pesados. No estoy dispuesto a perderme UN segundo de esta etapa en la que Ignacio no tiene idea de lo piñufla que es su padre =D

¿Por qué no regaloneamos a los niños? 

Finalmente por comodidad. Inventamos -y comprobamos científicamente, cosa que es bastante relativa si se mira de cerca- teorías para justificar la lata que nos da nuestra gran responsabilidad como padres; porque sí, las abuelas y madres de todo el mundo tienen razón en que tener un hijo es pega. Es mucha pega! 

Es una pega infinitamente mal pagada (porque dividir $0 por cualquier horario laboral nos da 0) y ha perdido casi completamente cualquier tipo de reconocimiento social -en la tele, al menos, dan la bienvenida a las “rostros” que por fin vuelven a trabajar después de pasarse uno o dos años “sin hacer nada-; y más encima el reconocimiento a veces tampoco está. 

Si dibujáramos una curva de la función de la cantidad de reconocimiento promedio al esfuerzo por parte de los hijos a lo largo de los años, veríamos una triste campana: parte con reconocimiento nulo: a uno lo mean y lo cagan y ahí tiene que estar; luego empiezan las sonrisitas y jueguitos, pero cuando hace hambre: la papa y nada más; después una etapa en la que uno es Dios, a la que le sigue una caída en picada estrepitosa en la que uno es la raíz de todos los males, para luego estancarse y mantenerse relativamente estable por varios años en un nivel que depende bastante de la relación que se haya podido construir. Esa curva suele ir aumentando luego, cuando el hijo se vuelve padre, o al menos suficientemente viejo como para ir construyendo nuevas pautas de relación que finalmente pueden derivar en un gran cariño y admiración para el último período. Pero a veces ni eso, nos quedamos con la triste campana.

Pero igual mandé el CV y quedé. Y más contento no podría estar, porque no hay nada más gratificante que entregar amor sin medida, aun cuando sea durante años “sin obtener nada a cambio”. ¿Qué más queremos obtener que la posibilidad de ver a una persona, que se parece a uno, sea física o gestualmente, ser feliz, crecer y llegar a ser una buena persona? No es algo que podamos hacer todos los días, sin duda. 

Y los hijos quizá no siempre demuestren una retribución -al menos concreta- del cariño, pero tenga por cierto que SIEMPRE son capaces de RECIBIR amor. Y al otro lado, nosotros somos entonces SIEMPRE, bendecidos por la capacidad de DARLO. 

Y no seamos mezquinos, preocupándonos como si tratáramos con extraños. Que se van a aprovechar de ese cariño, que lo van a manejar a su antojo; las tácticas de hipocresía y manipulación afortunada y desgraciadamente son aprendidas en su totalidad, y de lo que más se aprende es del ejemplo. Enseñemos entonces confianza, cariño, determinación y entrega. 

Por mi parte, me encuentro actualmente empecinado en enseñarle al Ignacio a darme abrazos y besos. Ya lo lograré!

Nicolás 

P.D. Si estás de acuerdo con esto, cópialo y pégalo, compártelo, ponle me gusta, hazte una polera con tu fragmento favorito, escríbelo en las paredes de tu casa, ponle a tu próximo hijo Nicolás, y planta un ciprés. De lo contrario, tus hijos serán terribles y tendrás mala suerte en el casino durante 53 años!!

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