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Por comodidad

Hay un tema por definición moderno, que inunda nuestras vidas: la idea de que las cosas son cada vez mejores. No obstante, a menudo vemos que no es así, y a veces pareciera que las cosas simplemente van empeorando. Sin embargo, tiendo a pensar que debemos abandonar nuestro pensamiento lineal en este respecto, sea que consideremos que las cosas son siempre cada vez mejores, o que todo era mejor antes y sencillamente va en picada año tras año. Ninguno de estos extremos es realmente demasiado razonable, pero tendemos a asumir uno. Como ejemplo, los que se mueren por tener el “último modelo” más allá de lo razonable, hasta los que idealizan a los “pueblos aborígenes”, como si todo lo que hacían ellos era perfecto y nuestra vida moderna nos ha arruinado.

Hace unos días participé en un taller de Estrategias de Desarrollo Regional, donde una señora, indignada, me mostraba algunos lineamientos clave y me decía “¡pero si esto ya lo teníamos! Se lo farrearon y ahora hay que trabajar para recuperarlo”. Por supuesto que algo de razón tiene. Y esto sucede en todo ámbito; tomemos hoy como ejemplo los nacimientos.

Nacer hoy en día no tiene casi ninguna importancia. Sí, hay cuidados para asegurar la supervivencia de los recién nacidos, en el ámbito clínico, y enormes avances se han logrado para sentar bases muy respetables. Sin embargo, nacer es hoy algo tan poco ceremonioso que más vale hacerlo de tal forma de no incomodar a nadie. Y los bebés son muy buenos en esto, siendo los dos días menos comunes para nacer –a nivel mundial- el sábado y el domingo. ¿Pero será que son los bebés quienes programan la salida para los días de semana?

Con mi mujer tuvimos una experiencia de nacimiento de nuestro hijo que para muchos padres podría ser considerada “buena”, o al menos “normal” en términos de tratamiento humano en la institución de salud donde nos atendimos. Pero para nosotros fue muy decepcionante y faltaron muchas atenciones básicas a los principios más esenciales de la salud emocional de la madre y el bebé, y de su vínculo recíproco. A Ignacio, recién nacido, después de pasar más de 8 meses cobijado en el vientre de su madre, lo apartaron de inmediato para revisarlo; estuvo un par de segundos sobre su madre, pero qué complicado hubiera sido revisarlo mientras él permanecía con la única persona que le era remotamente familiar en ese momento, ¿no? Mejor, para comodidad de los médicos y enfermeras, llevarlo a una fría camilla, a limpiarlo bruscamente, medirlo y pesarlo (¿a quién le importa cuánto mide un recién nacido?), y luego mirarlo y mirarlo con cara de sospecha para, unos segundos después, cortar nuestras sonrisas con un “sospecho una genopatía”. Así como si tener un hijo con síndrome de Down fuera razón para dejar de ser feliz por su nacimiento. Pero en fin…

Inmediatamente, para “comodidad de la madre”, a Ignacio se lo llevaron a una sala para pasar una eternidad en soledad, junto a otros bebés solitarios, mientras ella pudiera recibir visitas de adultos. Estoy seguro que muchos reconocerán que, prácticamente la ÚNICA persona con la que uno como padre, y especialmente una madre, quiere estar en ese momento es con su bebé recién nacido. ¡E imagínense el bebé!

Esto de resguardar la comodidad de quienes son justamente los últimos en una escala razonable de prioridad frente a un nacimiento es algo plenamente moderno. Sin desmerecer los avances sanitarios que mejoran las expectativas de vida de los recién nacidos, quizá hemos perdido más de lo que hemos ganado, y esto simplemente se acrecienta cada vez que hay más gente convencida de que es “mejor” tener una cesárea (es más “cómodo”, sí), de que son geniales esos brazos mecánicos que sostienen la mamadera para no tener que andar cargando al bebé mientras se alimenta (increíblemente cómodo), y de que los productos alimenticios industriales son perfecto sustituto para la leche materna (¡y no es más que abrir un frasco!)

¿Saben qué? Sí hay algo que indiscutiblemente ha ido mejorando conforme avanzan los años: la comodidad. Pero, ¿la comodidad de quién?

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Texto publicado originalmente el domingo 6 de mayo de 2012 en El Magallanes/La Prensa Austral.

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