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Madre

Los seres humanos, así como otros mamíferos, tenemos todos algo en común –quizá lo único que realmente tenemos todos en común: todos tenemos una madre. En función de esto, la evolución ha entregado a las mujeres capacidades emocionales y físicas que francamente superan a las de los hombres, dándoles la posibilidad de llevar al hijo en el vientre y luego alimentarlo con una comida que es absolutamente perfecta para él –salvo uno que otro componente que se va suplementando después de algunos meses.

Es curioso, porque podría uno cuestionar casi todas las distintas construcciones sociales de roles y relaciones entre personas, desconstruyendo sus orígenes histórica y culturalmente situados. Pero, ¿la madre? Hay una unión física y espiritual con ella que difícilmente nos abandona.

Es más, aquella conexión no refiere simplemente a que alguna vez nos llevó en su interior, y que luego siempre guardamos una cicatriz del conducto por el cual nos alimentaba entonces, sino que incluso fuera del vientre pasamos una buena temporada en completa sintonía emocional con nuestra madre. El “instinto maternal” se origina ahí, y la propia identidad del bebé está ligada a su madre, siendo ella una extensión de él, por varios meses.

Esta conexión es algo realmente bellísimo, pero no es simplemente un resultado del cariño; también cuando el cariño no está, el bebé busca sostener esta relación de alguna manera, porque se alimenta de ella quizá más que de la leche, y si no hay reemplazo, puede ser algo que siempre le falte. Nosotros, en etapa bebé, nos constituimos enlazados con nuestra madre: el latido de su corazón, su pecho, su calor, es nuestro mundo entero, nos construye como animal y como persona.

Mediante el cariño que recibimos aprendemos sobre la cadencia del mundo: mediante la disponibilidad inmediata aprendemos que la vida no es hostil, que se puede confiar, que siempre hay solución. Mediante la conexión casi telepática aprendemos sobre comprensión, sobre comunicación, y entendemos que las cosas tienen sentido y que las batallas vale la pena darlas. Mediante la carencia, nos encontramos ante un mundo que nos da la espalda cuando más necesitamos apoyo, cuando más vulnerables, nuevos, extraños somos ante el mundo.

No volvamos a decirle a una madre que “no hace nada” mientras deja de trabajar para vivir estos procesos, no volvamos a mirar raro porque alimenta a su bebé en público; que lo haga donde quiera, ¿que acaso nosotros nos escondemos para comer?, no volvamos a decirle que no lo tome tanto en brazos, que lo deje llorar que le va a hacer bien para sus pulmones, que si no se acostumbra y va a ser un malcriado, que duerma solo, que va a ser un mamón, que su leche misteriosamente cambia de propiedades y deja de ser nutritiva luego de unos meses. No volvamos a ser tan ignorantes con respecto a la maternidad y su importancia: habrá madres e hijos agradecidos de que los dejemos en paz.

Dedicado a mi madre, a mi mujer que es madre, y a todas las que son y serán madres.

—-

Texto que debería haber salido publicado hoy, 13 de mayo de 2012, en El Magallanes. Se publicó  “La vara muy baja”…espero que éste no aparezca el próximo domingo! jaja

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