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Siempre quise ser papá.  Mis recuerdos de jugar con mi viejo a armar legos, de aprender a andar en bicicleta, de ir a andar en moto al cerro y volver todo embarrado y golpeado, habiendo francamente sobrevivido solo porque mi viejo me animó a mantenerme parado en los pedalines a pesar de que la bajada llena de piedras volvía los frenos inútiles y hubiera preferido quedarme a vivir entre los espinos (ahh, el enduro…), solo podrían haberme convencido de querer vivir este tipo de cosas con mi propio hijo. Porque los profesores enseñarán con discursos, pero los padres enseñan con el ejemplo, con el estar-ahí. Siempre quise ser papá. Para estar ahí, para enseñar y cuidar.

Pero llegó mi hijo y me di cuenta que uno apenas enseña un poco y se dedica más bien a aprender. Aprender a amar incondicionalmente, a cuidar de otro siempre antes que uno, a valorar lo importante y dejar lo accesorio.

Cuando llego a la casa me recibe Ignacio con una sonrisa. Siempre tiene una para mí; a él no le importa si me fue bien o mal en la pega, si estoy más guatón o si la economía anda con problemas, él me ama incondicionalmente. A veces el día fue complicado y estoy agotado, pero ahí está él para jugar conmigo y para que conversemos; siempre está disponible para mí. Ahora que está más grandecito (¡ya de 8 meses!) reconoce muy bien a las personas, y me da el inconmensurable regalo de ser alguien importante para él; cuando se siente angustiado basta con que lo tome en brazos bien cerquita y él se calma inmediatamente, como diciéndome “sí, viejo, TÚ eres mi viejo”.

No todos tenemos la suerte de ser padres, pero muchos de los que la tenemos la desperdiciamos. Nada más tonto en la vida que hacer eso. Pero en nuestro mundito de adultos, donde hacemos diferencias entre las personas y nos peleamos por conseguir objetivos que hemos creado tan solo en función de lo que imaginamos que es importante, nos sentimos los protagonistas, y “los cabros chicos” son otra más de nuestras obligaciones. Muchas veces, cuando podemos, dejamos todo lo relacionado a ellos en manos de sus madres, librándonos de algo de tiempo para hacer “cosas de grandes”.

Hoy es el día del padre, así que en lugar de hacer el discursito de que celebremos a esos hombres que dan todo por su familia y regalémosles algo, me voy a poner en el lugar que me corresponde, el de padre, y le digo a ustedes, padres, que no desperdicien la oportunidad de aprender de sus hijos. Eduquemos, porque nuestros hijos necesitan guías, necesitan tener claro los valores de respeto, empatía, trabajo y esfuerzo; pero aprovechemos también de abrazar, de jugar, de imaginar, de demostrar abiertamente el cariño. Entreguemos cariño, estemos disponibles, porque eso da seguridad, y los niños seguros son después adultos seguros, capaces de decidir y pensar por sí mismos. Entreguemos respeto antes de pedirlo, sí, a nuestros hijos. Porque así es cómo ellos aprenderán a respetar a los demás, sin esperar primero que satisfagan sus requerimientos. En definitiva, basta del “porque yo lo digo”, si apenas tenemos idea de las cosas que decimos, y nos gusta hacernos los interesantes hasta con quienes confían más ciegamente en nuestro juicio: nuestros hijos.

Especialmente hoy, día del padre, seamos padres.

Gracias, viejo, por estar ahí.

 

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Fotos: Andrés Harambour

Texto publicado el domingo 17 de junio de 2012 para el día del padre, en El Magallanes/La Prensa Austral.

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