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Tolerancia

En Chile somos tremendamente tolerantes. El problema es que tenemos una idea un poco extraña de qué es lo tolerable y qué es lo intolerable; se trata de un error…o eso me gusta pensar.

Toleramos perfectamente la pobreza y la desigualdad. Hasta la justificamos, o al menos le hacemos el quite, tratando nosotros de escaparnos de ella; pero siempre nos amenaza. Si las cosas salen mal una tras otra, si nuestros privilegios y contactos dejan de ser efectivos, podemos caer en ella. Nuestra respuesta es un rechazo a aquellos quienes viven en situación de pobreza, a través de justificar su situación, como si a ellos les correspondiese y a nosotros no.

Toleramos perfectamente el crimen y la crueldad. Pero los relativizamos, los justificamos o “contextualizamos”; dibujamos explicaciones para ello, porque nos amenaza nuestra propia criminalidad. Podría tratarse de nosotros mismos, pero eliminamos toda circunstancialidad y atribuimos al delincuente común, al “antisocial”, al “mal-viviente” una voluntad moralmente terrible, una especie de capricho maligno del cual nosotros no sabemos nada de primera mano. Individualizamos, juzgamos y pedimos juzgar con toda la dureza que pueda engendrar nuestro propio temor a ser juzgados, a cumplir el rol del individualizado.

Toleramos perfectamente la intolerancia y la discriminación. En el mejor de los casos le hacemos la vista gorda, y no nos preocupamos hasta que el tema no nos toca. Pero en el común de los casos la ejercitamos nosotros mismos. Discriminamos a otros y enseñamos a otros a discriminar. Nos parece cursi ser “políticamente correctos” y ser obligados a aceptar toda clase de “degeneraciones”. Pero nuestra intolerancia es –se repite el patrón- temor, miedo, sensación de amenaza.

Nos reímos a diario de lo que llamamos discapacidad. La mayoría de nuestros insultos comunes tienen origen en  denominaciones clínicas de antaño: idiota, mongólico, retrasado. Tenemos miedo a “ser tontos”. De hecho, me detengo en este punto porque, como chilenos, tenemos un terrible miedo a ser considerados tontos, y descargamos irracionalmente este miedo en los demás. Pero lo hacemos también con la “discapacidad física”. Por ejemplo, toleramos mejor nuestra propia injusticia y arbitrariedad, nuestro propio miedo irracional no resuelto, que contratar a alguien que quizá necesite algo de ayuda para subir las escaleras.

Nos reímos de la homosexualidad. La otra parte de nuestros insultos comunes tienen origen en denominaciones de personas homosexuales: maricón, fleto, o sencillamente gay. Los hombres hacemos esto, especialmente. Tenemos miedo a descubrir que no somos y sentimos lo que decimos ser y sentir, ¿o qué? Toleramos mucho mejor nuestros miedos y violencia arbitraria e irracional que a una persona que usa su propio cuerpo y alma de una manera que consideramos –tirando todo registro histórico a la basura- fuera de lo normal. Construimos tremendos edificios de ideas para justificar esta intolerancia, con ideas como la desintegración de la familia, de las instituciones y de la sociedad. La degeneración de la naturaleza, el pecado y el fin del mundo. Pero, por la cresta, ódialos todo lo que quieras, a algunas personas les atraen personas de su mismo sexo, y punto. ¿Tan inconcebible es eso?

Después de la marcha por la igualdad veía las noticias, escuchaba los testimonios de personas homosexuales discriminados por sus colegas, amigos, su propia familia. No podía dejar de llamarme la atención la semejanza de su discurso con el de los voceros autogestores con síndrome de Down: “no es una enfermedad lo que tengo, es una condición, yo soy así”, “es parte de la naturaleza”, “acéptame tal cual soy, puedo ser una persona valiosa”.

Es un ejemplo que traigo a la mano, por ser cercano a mí, pero también porque pone a la luz la inverosimilitud de lo que hacemos día a día, tolerando lo intolerable.

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Texto publicado el domingo 1 de julio de 2012 en El Magallanes/La Prensa Austral.

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