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¿Por qué debe desaparecer la Teletón?

Hasta el más cínico reconoce que la Teletón, y otras modalidades similares, se basan en dos ideas tan antiguas como anticuadas: la caridad y la lástima. Cada jornada, a través del bombardeo de imágenes e historias, participamos en un festival de culpa que tiene como resultado una enorme donación caritativa que sirve para mantener andando los centros de rehabilitación –esta palabra es importante- en todo el país. Esto se hace, al fin, con una meta loable, y constituye un insumo vital para lograr los recursos necesarios para la causa.

Entonces, ¿por qué debe desaparecer? ¿no sería eso terrible?

Sí sería terrible, si desapareciese hoy, bajo las condiciones simbólicas, bajo el paradigma actual desde el cual miramos, como sociedad, a las personas con discapacidad. Sería terrible porque, instalados todavía en un enfoque segregador, lastimero, tan arraigado en nuestro lenguaje y prácticas, que no nos damos ni cuenta, miles de personas en todo el país dejarían de recibir apoyos que son vitales para ellos y sus familias, y quedarían absolutamente excluidos, sin más.

Pero el problema es que la sola existencia de la Teletón ha generado un círculo vicioso. Termina de construir, de institucionalizar a la discapacidad como objeto, y ello como objeto penoso, lastimoso, indeseable, del cual no nos queda otra que hacernos cargo cada tanto, a través de la donación de dinero privado para que se mantengan estos centros destinados a mantener a estas personas lejos de nuestra vista. Ha terminado de institucionalizar la exclusión de las personas con discapacidad de la sociedad, a través de este curioso mecanismo de lástima y caridad. Cada año, surgen críticas del tipo “¿por qué tiene que existir la Teletón? Debería el estado hacerse cargo de esto”, que tienen bastante razón, pero son insuficientes; déjeme completar la frase “¿por qué tiene que existir la Teletón? Las personas con discapacidad merecen y son capaces de participar de la sociedad igual que cualquier otra persona”.

Volvamos a la palabra rehabilitación. El paradigma médico de la discapacidad nos pone ante el siguiente escenario: una persona con discapacidad –de cualquier tipo- escapa de lo normal, tiene un problema, una enfermedad, sufre de ALGO. La discapacidad tiene una connotación negativa. Nos da lástima, nos incomoda, no queremos verla demasiado, y rezamos al señor para que nos libre de ella.

El paradigma médico ubica, a la discapacidad en el cuerpo, como el paradigma de la prescindencia lo ubicaba en el alma, observando sus causas en la maldad, la mala suerte, o la mera obra del Diablo. Es el cuerpo discapacitado. Es, por tanto, el individuo discapacitado. La discapacidad es suya. Entonces, ¿qué hacemos con este ser humano fallado? Pues, tratamos de normalizarlo lo más posible, de rehabilitarlo para que pueda integrarse en la sociedad.

Y ahí, otra palabra importante: integración. Lo puede ver usted en las escuelas; en este añejo paradigma médico, al ubicar la discapacidad en el individuo, se concibe como máxima concesión la integración, la adaptación de esta persona entre los normales. Y no vea las consecuencias de este modelo solo en cuanto a las personas con discapacidad, véalo en todos los problemas de nuestra “educación fabril”; si el niño no aprende, pues será un fracasado, es él el incapaz.

La Teletón no debería existir, porque la discapacidad no es un objeto con una identidad propia que requiera un tratamiento aparte. Las personas con discapacidad son personas, con discapacidad. Discapacidad que proviene de un entorno que las dis-capacita. Necesitamos abordar el “paradigma social”, porque por supuesto que son necesarios apoyos; necesitamos infraestructura adaptada, equipamientos, adaptaciones curriculares, métodos de educación diversos, etc. Necesitamos que el entorno se haga cargo de las diferencias, que sean valoradas socialmente.

Necesitamos inclusión, que no es lo mismo que integración, en tanto hace referencia al entorno. En la inclusión, se benefician todos, porque es el contexto el que se adapta a las diferencias de cada quien. Lo que no necesitamos es segregación y lástima.

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