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Ojo con andar haciendo

Hay una frase que es bien chilena, una frase que resiento profundamente: “el que nada hace, nada teme”. No sé qué opina usted pero, ¡qué frase cobarde!

Hace unos días leía un artículo en The Clinic que entre metáforas y citas a sucesos recientes hablaba sobre un problema muy fundamental en Chile, que tiene que ver justamente con esta frase. Básicamente, en un país donde las oportunidades están evidentemente mal distribuidas, y la reproducción generacional de la desigualdad educacional, laboral y finalmente socioeconómica es imperante y parece no vislumbrarse su final –o, si quiera, signos de que amainará-, no ganan ni los que “ganan”, ni los que “no ganan”. Es decir, quien tiene éxito en Chile no puede desprenderse –y no sin razón- de la sombra del apellido, el pituto, el ser cuico, si es que su origen es “favorable”, ni de ser un “arribista”, “escalador”, “allegado”, “nuevo rico” si es que tiene éxito y su origen no es de alcurnia. Al mismo tiempo, quien no tiene éxito es tildado de flojo, poco emprendedor, desaprovechador de oportunidades, lo que sea. ¡Peor si “las tenía todas para ser alguien en la vida”!

Tenemos una mezcla muy extraña entre meritocracia y aristocracia. Hay que ser emprendedor y “ganarle a la vida”, pero si te resulta a alguien le debes estar robando. Nuestro esquema es así en la vida adulta, pero también en el colegio: la escuela es competitiva, a algunos les va bien –“ah, es que es mateo”- y pareciera ser a costa de otros, por ganarle a otros. Algunos profesores universitarios hasta incurren en la huevonés de poner las notas según el desempeño del alumno en relación a la media. Sí, señores, es una huevonés, y muy destructiva. Si me saco puros 1 soy un “porro”, si me saco puros 7 soy un nerd.  Siempre en relación a los demás.

El que nada hace nada teme. ¿Se ha fijado lo difícil que es ponerle un nombre a su hijo? O quizá es más bien fácil, según cómo se mire. De los 50 nombres de varón inscritos, más comunes en Chile (que, en función de la monotonía y para fortalecer mi argumento, gracias, representan un 43% del TOTAL), un 98% son bíblicos, o pre-bíblicos. Es decir, el 98% de los nombres que más utilizamos desde al menos 1884 datan de antes de Jesucristo. ¿Y los nombres más inscritos en el año 2012? 100% A.C., pues.

Esto no tiene, en sí, nada de malo, excepto que cuando se publican estos listados nos llenamos de notas periodísticas acerca de los ridículos nombres que algunos padres ridículos han puesto a sus hijos, muy fuera de la norma pre-Jesucristo. Qué bueno, tenemos una policía cultural bien estricta, no se nos vayan a escapar demasiado con andar nombrando a sus hijos con cosas “de afuera”… Ahora bien, “James Bond Cero Cero Siete” puede levantar algunas cejas, pero hay que reconocer que somos extremadamente conservadores en este plano también. Lo ideal es poner un nombre cristiano que no levante demasiadas sospechas ni haga que “los compañeros se van a reír de él”.

El artículo que leí me impactó, porque encuentro que dio justo en el clavo de nuestro problema: la desigualdad en oportunidades nos hace daño a todos. No solo a quienes “no ganan”. Nuestro afán de convertir todo en competencia, a la vez que haciéndolo bajo reglas de juego y condiciones de terreno que solo favorecen a unos pocos y perjudican al resto, acaba con cualquier sueño de desarrollo que podamos imaginar. Todo bien con desear la “excelencia” en educación, pero si eso es a costa de miles de colegios malos, vamos a seguir igual: “ah, a ti te fue bien porque fuiste a un buen colegio, yo no pude”.

Y miren a Finlandia, los muy poco-ortodoxos enfocaron todo su sistema escolar en el concepto de “equidad”, (una educación que sea accesible para todos, sin selecciones ni “merecimientos”), en lugar de “excelencia”, y desde hace más de una década ostentan los mejores puntajes PISA, a la vez que están formando a una población educada, preparada para un mundo enfocado cada vez más en servicios e información, en lugar de producción y trabajo manual.

Mientras tanto, en Chile, los pocos “excelentes” hacen poco, y por lo poco que hacen, temen…

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