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Bendita porfía

Chile es un país largo, un país largo de puro flaco. Flaco de porfía, por entrometerse en asuntos de la montaña y del mar. Pero es largo y diverso, convirtiendo en extraños a quienes habitan sus extremos. En sus nortes y en sus sures, alejados de su centro, donde toda nimiedad hace noticia, y donde todo parece ocurrir, se hallan los más porfiados entre su raza.

De tanto luchar parece la tierra haberse acostumbrado, parece la montaña aceptar al hombre, parece el desierto volverse acogedor, parece el viento acariciarlo, a él y al árbol, dejándolo crecer y quedarse, pero no permitiéndole olvidar nunca dónde está.

Porque Chile, país largo de flaco, no se ha podido olvidar jamás dónde está. Sentado sobre una bomba, rodeado de volcanes, a orillas del mar que ruge, perdido entre las planicies ventosas. La naturaleza ha formado al chileno, éste lo quiera saber o no.

En el “mes de la patria” nos volvemos bipolares; nos peleamos, y lloramos a los golpeados mientras otros celebran lo “recuperado”, para más tarde juntarnos en una serie de asados y volvernos a olvidar. Elevamos volantines, ahí donde el viento lo permite, y volvemos a ver el suelo y el cielo teñidos de nuestros colores. Para luego, volvernos a olvidar.

Donde me ha tocado nacer encuentro a los más porfiados. ¿Cómo llegaron y llegan estas personas aquí? ¿Por qué? Quizá Magallanes, más que ningún otro rincón, supone siempre esta pregunta, e intenta responderla en todas sus formas; por qué ha moldeado a su gente, para volverlos orgullosos, como quien dice “no me dejas, pero me quedo igual”.

¿Cómo vinieron gentes a parar aquí? Entre estrechos, canales y vientos, vientos y vientos. Magallanes se levanta como un continente aparte, crece chueco porque el viento jamás descansa, crece chueco y flaco, pero crece. Y crece para quedarse. Así como esos árboles peinados, que dan gracia al visitante, el magallánico es como el niño que sobrevive al colegio, como ese porfiado que dice que bueno, mientras persiste en su manera.

Y hoy, en septiembre, el magallánico se acuerda de que es chileno. Pero nunca la bandera chilena opaca a la de Magallanes, tierra orgullosa que muestra su bandera como otras no lo hacen. Y si una grande, muy grande bandera chilena se planta en Magallanes, otra de igual tamaño, azul y amarilla, saludará a las gaviotas y los barcos, para coexistir ambas ideas, aquí donde el chileno es más porfiado.

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Texto publicado en El Magallanes/La Prensa Austral el domingo 16 de septiembre de 2012.

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