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El 18

Usted lo lee el 23, pero mientras escribo esto nos encontramos en las vísperas de “el 18”. Las banderas chilenas cubren las casas, muros y postes en las ciudades, surcan el cielo en forma de volantín hecho en China, y adornan uno que otro espejo o capot de auto. Es la chilenidad, que entra en vigor este año quizá de manera novedosamente potente, ya que nos tocaron prácticamente cinco días de “celebración”.

Pero, ¿qué es precisamente lo que celebramos?

La pregunta es fregada, porque la variedad de respuestas, me imagino, exceden mi imaginación. Celebramos que alguna vez se hizo una junta de gobierno, celebramos que es un fin de semana largo a comienzos de primavera, celebramos que es un fin de semana donde está toda la aceptación social puesta en “carretear como nunca”…

El 18 me recuerda al año nuevo. ¿Ha ido alguna vez a una de esas fiestas grandesde año nuevo? Es una cosa muy rara. Básicamente, es una noche en la que se respira un ambiente de festividad prácticamente universal. O digamos universal, dentro de la fiesta, porque si no, ¿para qué haber ido? Entonces todos los encuentros, con conocidos o extraños, llevan ese acento. La gente se abraza con mayor facilidad, celebra con inusitada intensidad -como quien hace una excepción-, y se hacen promesas y se generan expectativas sobre lo que vendrá para el nuevo año.

Y de eso último también hay mucho en el 18, a su manera. Me explico: la celebración del año nuevo, al igual que la celebración del 18, toma la forma de un ritual expiatorio. En él se deposita toda la energía, como cuando lloramos o reímos con fuerza, librándonos de estrés acumulado, dándole un cariz completamente excepcional. Aquel año entero al que no dimos importancia, cuyos días no comenzamos nunca como si fueran “el primero del resto de tu vida”; aquellas personas a quienes nunca abrazamos, y esos extraños con quienes nunca tuvimos una sonrisa gratuita, son ensalzados en un frenesí de excepción, cosa de poder librarnos del status quo y poder empezar un nuevo año completamente igual –en ese sentido- a los anteriores. Explotamos, para poder volver a acumular tensión.

En el 18 nos vestimos de huaso, para olvidarnos que el resto del año “huaso” se usa como insulto, como imagen de aquello que pareciera avergonzarnos. Bailamos cueca y tomamos chicha, dos productos nacionales que el resto del año parecen absolutamente extemporáneos y asincrónicos…bueno, la cueca ha vuelto, pero todavía como algo medio “kitsch”. Nos vestimos de Chile, para olvidar que el resto del año resentimos ser siquiera latinoamericanos, y preferiríamos tener el pelo claro y el pasaporte europeo. Elevamos y mostramos orgullosos la bandera, para olvidar que todo el resto del año izar la bandera era hasta hace no mucho una falta, y que en general es un poco de “loco”, de todas formas. Y fíjese bien, que quienes se muestran con mayor intensidad chilenos, quienes llenan su casa y vehículo de CHILE, quienes celebran con más fuerza son, en general, quienes Chile ha dejado más en rezago, quienes menos han recibido de este país, quienes menos celebran el resto del año. Pero esto es apenas paradójico. En el 18 explotamos, y lo hacemos de forma universal, justamente para volver el resto del año a acumular tensión, discriminación, clasismo, resentimiento y vergüenza de nosotros mismos.

Para no terminar en nota amarga, le aclaro mi opinión: no habría necesidad de convertir el 18 o el año nuevo en rituales extremistas, si pudiéramos vivir el año entero con mayor empatía, ánimo, apertura y sinceridad.

 

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Texto publicado originalmente el 23 de septiembre en El Magallanes/La Prensa Austral

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