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La necesidad de andar

Hace ya un tiempo vengo siguiendo en un foro la historia de Dennis Matson. El hombre emprendió un viaje, solo y casi sin equipaje, en una Ducati 1199 Panigale, para recorrer Estados Unidos de costa a costa, pasar por Canadá, y volver. El viaje es realmente fascinante y ha concentrado desde su comienzo a muchos lectores, en principio por las fotos de distintas partes del país norteamericano, y de la moto, pero sobre todo por el relato mismo.

Desde el comienzo sigo su relato de manera silenciosa, no obstante hoy Dennis publicó un pensamiento que me pareció muy interesante, y le pedí permiso para traducirlo y publicarlo aquí. Estoy seguro que muchos que prefieren obsesivamente –a veces bordeando el masoquismo- trasladarse en dos ruedas, o incluso quienes son apasionados por vehículos con más ruedas, encontrarán interesante lo que copio a continuación. Comienza con una introducción teórica, que espero también les sirva para contextualizar. Acá va, traducido textual, solo acortando algunas partes:

“Un psicoanalista de apellido Spitz estudió en la década del ’40 el fenómeno de tasas de mortandad extremadamente altas entre los niños que vivían en instituciones, y descubrió que,  sin tacto, juegos, risas ni abrazos, los niños se enfermaban, perdían peso, y morían. Su investigación llevó al desarrollo de la teoría del apego y a la idea de que un niño ‘necesita desarrollar una relación con al menos un cuidador principal, para que su desarrollo mental, social y emocional pueda darse de manera normal’ (esto lleva, a su vez, al resultado aparentemente obvio: el afecto sólido entregado por los padres lleva a un balance emocional y que el niño pueda crecer sintiéndose seguro de sí mismo). El niño que crece con afectos intermitentes –o aquel que experimenta abuso o negligencia- desarrollará, en cambio, una sensación de falta de seguridad básica, o de muerte, una falta de confianza y sentimientos de inadecuación de por vida (más allá de lo que esa persona logre más tarde), al mismo tiempo que toda una serie de otros posibles problemas psicológicos o de salud.

La parte del cerebro responsable de todo lo que consideramos humano –amor, ternura, emociones, reciprocidad- recibe el nombre de cerebro límbico (vs. el cerebro reptiliano, que controlaría nuestras funciones vitales básicas, y el neo-córtex, responsable del pensamiento y el lenguaje).

Para aquellos que sufren de privación límbica cuando pequeños (derivada de aislamiento forzoso, negligencia o abuso), la vida puede tornarse un infierno psicológico: el deseo de amor y afecto todavía existe (y en algunos casos hasta es más fuerte que para aquellos bien-balanceados), pero la capacidad de realmente SENTIR amor se ve enormemente disminuida. La depresión, ansiedad, desaliento, desesperación, agresividad, etc. son las consecuencias fácilmente reconocibles, pero también hay otras, que no son tan típicamente observadas como resultados de este tipo de privación. Mientras un sistema límbico saludable puede lidiar con dolor emocional de manera interna, al secretar pequeñas dosis de opiáceos cuando es necesario (hay más receptores de opiáceos en el cerebro límbico que en cualquier otra parte del cuerpo); un sistema límbico dañado o mal desarrollado no puede hacer esto.

El uso de drogas o alcohol, por ejemplo, desempeña una suplencia de esta regulación límbica, modulando, suprimiendo y compensando por aquello que el cerebro límbico no ‘aprendió’ en la infancia, y esto puede acarrear una ansiedad-de-separación crónica. Otros métodos de auto-regulación incluyen la auto-mutilación (un acto que no es exclusivo de los seres humanos), que parecen un desesperado pedido de ayuda, pero las heridas tópicas en realidad son una manera de liberar analgésicos y opiáceos naturales (¡en una frase, el misterio de por qué la acupuntura funciona y por qué la gente golpea las paredes cuando sienten furia acaba de ser resuelto!).

Bueno, ¿por qué esta lección introductoria de neurología?

Nunca jamás me he no sentido en paz en mi moto. Nuevamente: Nunca me he NO sentido en paz –nunca- mientras estoy andando. Cuando ando puedo pensar con mayor claridad, los síntomas de mi operación cerebral se reducen, y, salvo porque mis piernas se cocinan, me siento física y emocionalmente muchísimo más sano que cuando estoy fuera de la moto. Las ansiedades y preocupaciones de la ‘vida real’ se ven disminuidas, y puedo pensar en un problema sin verme afectado por él, sintiendo sencillamente como que todo estará bien. Es una euforia suave –y no me refiero necesariamente al entusiasmo que causa transitar perfectamente el ápice de una curva, o lograr una derrapada sin caerse. Hay una conexión entre el hombre y la máquina que es diferente a cualquier conexión que he experimentado con otra cosa no-humana. Todos hemos sentido esto, pero en todos mis años andando nunca he leído o escuchado a alguien adentrarse en el por qué. Sería fácil asumir que es un resultado psicológico de la libertad que sentimos cuando estamos sobre la moto –o quizá el frenesí que viene cuando tomamos riesgos- y nada más.

Pero si examinamos al estereotipo del motociclista (rebelde, recalcitrante, con problemas con la autoridad, insatisfecho, frustrado, vacío, buscador de adrenalina, solitario tatuado que nunca encontrará su lugar en la sociedad) estamos frente a un ejemplo de manual de ¿qué? Un malfuncionamiento límbico.

¿Por qué tantas personas con síntomas de un malfuncionamiento límbico escogen las motos? ¿Por qué no las motonetas, o camionetas? Mi teoría es esta: la moto funciona como regulador del sistema límbico, y quienes tienen alguna dificultad regulando sus propios estados internos, gravitan hacia una máquina que lo hace por ellos.

Un breve examen de la sincronicidad límbica en mamíferos revela paralelos muy interesantes con respecto a las características de andar en moto. Para los mamíferos hay insumos sensoriales específicos que funcionan como estimuladores y reguladores de nuestro sistema interno. Por ejemplo, el calor y el olor despiertan niveles de acción y metabolismo, la estimulación táctil aumenta los niveles hormonales, sentir el ritmo cardíaco de otra persona, y las contracciones y relajaciones de su pecho, regulan nuestro propio ritmo cardíaco, así como nuestro ritmo de respiración y nuestras cadencias circadianas, y la fortaleza de nuestro sistema inmunológico aumenta o disminuye en base a estímulos sensoriales.

Y si miras cuáles son aquellos insumos externos que influencian cambios internos positivos en los mamíferos, puedes ver cómo las motocicletas producen señales similares a las que buscamos con el contacto físico. El motor es un corazón pulsante que sentimos, las revoluciones suben y bajan como el aire en los pulmones, el viento acaricia el pelo y el cuerpo como lo haría una amante (¿una razón de por qué tantos deciden andar sin casco, aunque no tenga “sentido”?), recibimos calor desde el motor, la moto acoge nuestro cuerpo (en las deportivas vamos en posición fetal), y quizá lo más importante: la moto reacciona inmediatamente a cada uno de nuestros movimientos, respondiendo a nuestras sensaciones internas.

Y cuando hablamos de ser ‘uno” con la moto o el camino, lo que realmente estamos experimentando es una resonancia límbica en la cual nuestros ritmos fisiológicos son ajustados y modificados mediante el contacto sincronizado con nuestra querida moto.

En definitiva, la estabilidad neurológica y fisiológica requiere de sincronía con una fuente externa de contacto. Muchos de nuestros procesos internos no son auto-regulados. La moto proporciona, entonces, un regular suplente que modifica desde la salud cardiovascular hasta nuestras funciones inmunológicas, niveles hormonales y ritmos circadianos. Sencillamente resulta natural volverse apegado a dicho objeto, llegando al punto de referirnos a ello con nombres y atribuyéndoles un género (casi siempre los hombres hablan de “ella”, lo cual no es coincidencia).

Curioso, toda mi vida me he negado a ponerle nombre a alguno de mis autos o motos. Simplemente me refería a ellos como objetos, porque mi idea es que justamente los amaba por el hecho de ser objetos y no personas. Pero todo este tiempo, aquellos vehículos me han provisto del contacto mamífero y de la sincronicidad reguladora que tan desesperadamente necesitaba. (…)”

Personalmente, me resulta interesante tratar de comprender racionalmente qué es lo que pasa cuando andamos, por qué es tan agradable, divertido, adictivo, casi necesario. Por qué se siente tan especial andar en moto… me parece que esta es una interesante perspectiva para entender esto.

Por último, copio de Dennis: “El proceso mismo de buscar {respuestas} también juega un papel de regulación en nuestra fisiología. La necesidad de deambular es una biológica, lo que explica por qué tantas salidas en moto son sencillamente eso –salidas-, sin ningún destino particular en mente. El viaje mismo satisface un hambre que no terminamos de entender.”

¡Gracias Dennis!


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