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“Según el consenso general, en Estados Unidos, el único hombre que no tiene que avergonzarse de nada es un joven casado, padre de familia, blanco, urbano, norteño, heterosexual, protestante, que recibió educación superior, tiene un buen empleo, aspecto, peso y altura adecuado y un reciente triunfo en los deportes” 

Erving Goffman

 

Hay una altísima probabilidad de que usted no sea normal. Una probabilidad más alta incluso, a que usted no sea de “clase media”. Es muy simple: si entramos paso a paso en aquella esquiva imagen de lo normal -que sin embargo todos podemos identificar así como intuitivamente- y la desmenuzamos un poquito, nos vamos dando cuenta de que en seguida por una u otra razón vamos a quedar fuera de la definición. No clasificamos en normalidad.

Porque a diferencia de las condiciones concretas de la vida cotidiana, de las relaciones sociales y las biografías, nuestras teorías de cómo son el mundo y las personas evolucionan con mucha dificultad. Entonces caemos en un error muy simple: nuestra idea de cómo creemos que son la mayoría de las cosas solo puede definir algunas pocas cosas. La definición de lo “normal” teóricamente es construida a partir de la observación de lo que es la norma, de lo que es regularmente observable. Así, yo puedo correctamente afirmar que en Chile lo normal es que habiten personas nacidas en Chile.

Pero es una ingenuidad pensar solo en eso. La idea de normal es una construcción cuyo sesgo no proviene simplemente de un mal juicio sobre qué es lo regular, sino de que es una idea dirigida, sesgada por definición, porque plantea lo normal no como una mera observación de la norma, sino como un ideal, una imagen según la cual se juzgan las a-nomalías. La idea de lo normal es así violenta por definición, porque imprime tanto en quienes cumplen con las características, como en quienes no –y quizá sobre todo- una exigencia, una vara según la cual medirse.

En la publicidad vemos gente “normal”, ¿no? Pero mire bien a su alrededor…la gente que muestra la publicidad debe ser la gente más rara, inusual, e improbable que hay. Sencillamente representan aquello que pensamos normal, aquello que queremos ser; representan nuestras aspiraciones dirigidas. Y al quedar por debajo de esa vara, nos odiamos, sentimos auto-compasión, queremos cambiar quiénes somos permanentemente.

Y por consiguiente, trasladamos aquellas estúpidas pretensiones a nuestros seres queridos. Antes de siquiera preguntarnos ¿qué es normal?, sostenemos expectativas incluso sobre quienes todavía están por nacer. Esperamos tener “un hijo normal”…y ante cualquier desviación de nuestra imagen nos decepcionamos, sentimos pena, miedo, angustia, y enojo.

Le recomiendo: olvídese de la “normalidad” y aprenda a abrir los ojos y ver lo que hay a su alrededor. Aprenda a que no hay nada más normal en esta vida que lo distinto, lo variado, lo inesperado e inusual. O bien, vaya a beber pisco sour a la terraza con sus amigas, mientras su hijo consigue animar un enorme “carrete” con un par de cervezas y su marido duerme tranquilo porque su portafolio de inversiones está perfectamente cuidado y su salud garantizada por una empresa que tiene personas para atenderlos, y no una máquina. A usted no le gustan las máquinas.

 

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Texto publicado originalmente en El Magallanes/La Prensa Austral, el domingo 25 de noviembre de 2012.

 

 

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