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La arbitrariedad de la clasificación

En el emporio celestial de conocimientos benévolos, Jorge Luis Borges nos entrega la siguiente clasificación de animales: (a) pertenecientes al emperador, (b) embalsamados, (c) amaestrados, (d) lechones, (e) sirenas, (f) fabulosos, (g) perros sueltos, (h) incluidos en esta clasificación, (i) que se agitan como locos, (j) innumerables (k) dibujados con un pincel finísimo de pelo de camello, (l) etcétera, (m) que acaban de romper un jarrón, (n) que de lejos parecen moscas. Así, nos muestra que toda clasificación que hacemos del universo es arbitraria.

¿Cuántos colores distintos de lápiz hay en la foto?

Algunos dirán 12 porque cada lápiz es de un tono singular, otros dirán que 11 porque el negro no es un color, otros dirán 10 porque además el de la izquierda se ve negro, 5 porque hay tres tipos de rojo que se agrupan, 3 porque siempre son 3 los colores primarios que forman a todos los demás, etc. Aun cuando podemos llegar a acuerdo, no podemos escapar del hecho de que los colores de los objetos dependen de muchos factores, al punto de rendirlos casi irrelevantes, y peor aun, en última instancia, dependen de nuestra capacidad biológica de interpretar ondas de luz como colores discernibles. Así es, dependen de nosotros: el observador.

Sin embargo, clasificamos los animales, clasificamos los colores, y clasificamos todo. Y, ¿a quién le importa?

Siendo la clasificación la forma por antonomasia en la que el ser humano aprehende el universo y se organiza en comunidad, yo diría que a todos nos debe importar. Nos debe importar, porque día a día clasificamos a las personas de tal manera de determinar sus probabilidades de acceso a bienes y servicios; clasificamos entre víctimas y delincuentes, entre feos y bonitos, buenos y malos, viejos y jóvenes, negros y blancos, discapacitados y no, niños con necesidades educativas especiales y niños típicos, etc.

Clasificamos hasta tal punto de que como sociedad trascendemos la mera simplificación, y realmente afectamos el devenir de las personas. La clase en la que uno es ubicado es una enorme condicionante. En nuestro afán de simplificar y ordenar, destruimos complejidad, destruimos continuidad a favor de una falsa discrecionalidad. En este afán construimos hospitales psiquiátricos, escuelas especiales, instituciones encargadas específicamente de tratar con personas con discapacidad física, o auditiva, o visual, o cognitiva…dividimos y aumentamos las dificultades y los costos. Sobre todo, los costos humanos: un niño que tiene más ganas de salir a jugar en medio de la clase de lo que los adultos consideramos razonable, puede fácilmente recibir una etiqueta que lo derive a drogas para el comportamiento, una escuela especial, y finalmente una relegación absoluta del mundo real.

Dígame, ¿qué hace distinto a un niño con “necesidades educativas especiales” al punto de que es mejor no mezclarlo con “niños típicos”? ¿Qué hace distintos a los “niños de la Teletón” al punto de que en lugar de una inclusión educativa, laboral y social plena para todos, preferimos mantener a los niños y sus familias mendigando a través de televisión por recursos de caridad, para poder brindar servicios que son derecho de todo ciudadano, que más encima rendirán para un pequeño porcentaje de los chilenos que viven con discapacidad? ¡¿Qué es?!

La arbitrariedad de la clasificación es muy peligrosa. Pero muchos queremos decir basta a la clasificación innecesaria, queremos abrazar la diversidad, queremos diversidad, no simplemente la toleramos. 

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