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Acerca del desplazamiento

Ahora que el clima puntarenense anda más bondadoso, no pierdo la oportunidad de moverme en moto. Aun cuando en mi caso no es necesario; podría agarrar el auto, y viajaría más cómodo, calientito, y sería más fácil llevar mis cosas. Además, en mi caso, gastaría la misma cantidad de combustible con el auto…

Sin embargo, yo tengo una particular “filosofía” del viajar: el ser humano no está diseñado para desplazarse más rápido de lo que puede correr o, al menos, impulsarse utilizando su propia fuerza física. Pese a esto, ha sido capaz de diseñar las más ingeniosas y estrafalarias maquinarias para permitirle vencer este principio, y hoy en día, hacerlo con bastante comodidad. Y ya hace años, me gusta imaginar que el ser humano montó velociraptors para movilizarse al trabajo, luego caballos y camellos, y finalmente fue capaz de ingeniárselas para armar maquinitas que se cansen muy poco. Bueno, lo de los velociraptors quizá no está basado en hechos reales.

Pero el punto es que movilizarse siempre implica cierto grado de energía, esfuerzo. Uno debe llevarse a sí mismo desde el punto A al punto B. Sea a pie o a caballo, o en moto o en auto, el ser humano debe recorrer  la distancia, experimentar el paso de los metros. En mi experiencia, para mantenerse centrado y con los pies en la tierra, esto es crucial; el espacio físico, de esta forma, coincide con el espacio psíquico y emocional. Por eso no me gusta ser pasajero; odio el “jet lag” provocado siquiera por un viaje largo en bus en el cual fui capaz de quedarme dormido y confiar ciegamente en que los metros fueron recorridos y llegué de pronto a destino. Me gusta recorrer el camino, experimentarlo en primera persona, aun cuando duele.

Nunca me ha gustado la teletransportación por esto mismo. Bueno, el concepto de teletransportarse, en todo caso. Es la culminación del ser pasajero, del viaje no vivido.

Por eso ando en moto, porque me gustan los fierros más que los caballos, y pese a que más de una vez he tenido que empujarla, nunca me he tenido que preocupar porque “haga sus necesidades” en plena calle. Me gusta porque es incómodo, es poco práctico, es puro romanticismo. Me hace feliz recordarme en mi antigua moto, entumido de frío, con las manos dormidas, recostado con el torso sobre el estanque, los talones recogidos hacia las piernas, los ojos apenas asomados por encima de los instrumentos, sintiendo en todo el cuerpo las vibraciones del motor, cuyo sonido se confunde con el ruido del viento, mientras viajo por la ruta. Los autos me adelantan, mi moto no tiene mucha potencia, se queda en las subidas. Me detengo cada media hora para dejar que se enfríe un poco, y al apagarla escucho cómo la brisa marina se evapora sobre las rejillas del motor. Me duelen la espalda y las piernas, y la cara tiesa por el frío. Son las seis de la mañana y comienza a amanecer… felicidad.

Viajar es para mí una expresión holográfica de la vida misma. Es necesario algo de esfuerzo, algo de sacrificio, algo de incomodidad; ser piloto y no pasajero. La felicidad y la satisfacción están en el viaje, no en el destino.

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Texto originalmente publicado el domingo 16 de diciembre de 2012 en El Magallanes/La Prensa Austral.

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