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Asunto: Reflexión sobre internet y las formas de relacionarse

Mi abuela ahora tiene un iPad. Y hace unos días me mencionaba que le llegan invitaciones a juegos a los cuales no puede acceder más tarde, porque le exige un usuario con clave de acceso de algún tipo. Pero la palabra clave en su historia, para mí, es “invitación”.

Cuando ella me escribe un e-mail, en la sección “asunto”, escribe genuinamente un asunto. Un auténtico resumen de la carta electrónica que está enviando. Siempre lo encontré un detalle simpático, al lado de los cientos de mails sin asunto, o con “saludos” en esa línea, pese a que pocos deseos de salud se esconden en sus líneas.

Para “uno”, usuario intensivo de internet, a menudo las invitaciones son ruido que se filtra entre las notificaciones que realmente importan, los mails (son simplemente “mails”) son como mensajes de texto, se reciben y se contestan sin cuidado, a veces dejando preguntas sin responder, porque sí. Es que Internet es diferente, es un mundo virtual, un espacio que existe tan solo en el aire, más allá del hardware, que nos conecta a tal punto de hacernos a ratos olvidar de que nos conecta a unos con otros, es decir, a personas de carne y hueso.

El desarrollo de estas tecnologías ha sido tan rápido y vertiginoso que alguien de mi edad es capaz de recordar sus comienzos como modo de comunicación masivo; capaz de recordar un tiempo en el que un computador no conectaba con otra cosa que con un par de archivos de tamaño hoy irrisorio. Nada de “redes sociales”; lo social se conseguía jugando afuera con los otros niños. Incluso jóvenes, entendemos aún que internet es una red de medios de comunicación, y que si bien se trata de un espacio con reglas particulares, continúa siempre anclado al así llamado “mundo real”.

Pero me empecé a preocupar un poco. Un día en un foro apareció un “cabro”, hizo unas cuantas preguntas, desechó los cientos de respuestas útiles y cuidadosamente armadas para ser digeribles por él –en su mente de “nuevo”-, no le agradeció a nadie, y se largó con palabras arrogantes y furiosas, al no encontrar una simple validación a sus ignorantes deseos. Como si nada.

“Pero es internet”, te dicen para que no te amargues, que no te lo tomes en serio. Bueno, no, para qué tanto…pero todos los días veo casos iguales: viene un joven a un espacio de conversación de adultos (algunos bien sabios y experimentados, de avanzada edad), y se comporta de esta manera.

Me empecé a preocupar. Porque no sabemos todavía, o más bien recién estamos empezando a saber, cómo será el mundo poblado de personas que han nacido en internet. Quienes todavía podemos llamarnos “jóvenes” sin sentirnos demasiado patudos, pronto dejaremos de serlo, dejaremos de ser protagonistas constructores del mundo, para dar paso a nuevas generaciones. Generaciones de personas criadas en un mundo donde los límites están completamente desdibujados, y las personas no parecen más que avatares, imágenes virtuales que apenas los representan.

Y no es malo desdibujar límites. Desdibujemos un poco más, no me malinterpreten. El protocolo nunca ha sido de mi gusto. Pero hágame un favor, enséñele a sus hijos que no importa cómo nos comuniquemos, si es por teléfono, señales de humo, chat, lengua de señas, o telepatía, siempre lo hacemos entre personas. Personas.

Para cerrar, un pequeño posdata: En virtud de conservar el valor de una invitación; de no desgastarla hasta culminar en sinsentido, no vuelvan a mandarme invitaciones a juegos de Facebook, ¡carajo!

—-

Texto originalmente publicado en El Magallanes/La Prensa Austral, el domingo 23 de diciembre de 2012.

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