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El nuevo año

Este año 2013 lo empiezo con preocupación. Y no simplemente por el riesgo de firmar un cheque con fecha 2012 –riesgo que no disminuye significativamente sino hasta octubre, más o menos…me cuesta esto. Resulta que en una pre-celebración de Año Nuevo en el trabajo, perdí la dicha del ignorante al enterarme de un listado irrepetible de cábalas, cada una con objetivos y metodologías tan diversos como específicos y demandantes. Amor, salud, prosperidad, amistad, libertad, proyectos, buenos ratos…y con suerte había oído yo hablar de los calzoncillos amarillos.

Es que jamás he hecho una cábala de Año Nuevo. Y hasta ahora me iba bien, y se nota que sigo vivo, amado y empleado por mera suerte, muy a pesar de mi ignorancia e irresponsabilidad con respecto al cumplimiento de estas supersticiosas directrices.

Pero “superstición” es una palabra muy injusta; más injusta aun que sostener en dos o tres símbolos y procedimientos el destino de todo un año. Porque más allá de las especificidades, la cábala en general, recibe su poder del convencimiento, de la entrega total del ejecutor. Creer es crear.

La correcta disposición logra milagros. El desconfiado quizá se sienta superior, escéptico de tan ridículos rituales; pero el confiado es que el no ve que el piso se derrumba bajo sus pies, y por mero convencimiento llega a destino sano y salvo.

Ahora, la arbitrariedad del símbolo es otra cosa y quizá pura obra de sarcásticos burlones, sin embargo postulo que no es irrelevante, puesto que tal como dice aquel sabio consejo “cuando salgas de viaje, haz algo muy inusual mientras cierras la puerta, para que no olvides que la cerraste”, la gracia de la cábala es que sea notoria para el ejecutor; que sea algo fuera de la rutina y normalidad, que sea recordable. A su vez, la exacta metodología requerida también es necesaria; como todo intrincado ritual, agrega fuerza al convencimiento, eso es un hecho comprobado por la neurociencia.

Finalmente, por más absurda que sea la cábala, se inscribe en un código cultural, en una especie de sabiduría socialmente compartida, agregándole la validez y efectividad que otorga el simple consenso. Este factor social, comunitario, si se quiere, sella el ritual. Más aun, le da el carácter de ritual, liberando a los calzoncillos amarillos de ser una simple prenda interior de alegre color, para pasar a ser una especie de tradición ocasional.

Pero reunimos todos los factores y llegamos a lo mismo: lo importante es creérselo. Para eso lo hacemos juntos, lo hacemos difícil y lo hacemos ridículo. Y hasta el más parco de los racionalistas necesita que alguien le desee un buen día, por lo que propongo poner fuerzas en ello: en el disponernos a buenas cosas, hágalo como quiera hacerlo.

Mi tío Gustavo una vez dijo, cuando yo era muy pequeño, que haga lo que haga, siempre tendría yo éxito en mis emprendimientos, y nunca me he olvidado de eso. Yo no creo que él tuviera la capacidad de predecir el futuro, sin embargo él tenía un poder mucho más importante y útil: mediante el gran cariño y respeto que le tuve y le tendré siempre, tenía la capacidad de crear futuro. Y, así, creyendo yo en él, sé que siempre todo va a estar bien. Esa es mi eterna cábala.

Texto originalmente publicado el domingo 4 de enero de 2013 en El Magallanes/La Prensa Austral

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