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Las Palabras y las cosas

“Las palabras y las cosas” se llama un trabajo de Michel Foucault.

Es un título que me encanta, que siempre le envidié. Para mis propósitos, abre la ocasión para hablar de cómo la forma en que nos referimos a las cosas, construye y modela a las cosas mismas. Es que puede decirse que sin una referencia socialmente legitimada, no existen siquiera cosas.

Del sustrato de realidad “allá afuera” que habría para ver y nombrar, designar y delimitar, las palabras nos dan la guía, construyendo las categorías de objetos, pero más aun, las categorías de nuestro pensamiento.

Por eso…carajo que son importantes las palabras. Y por eso, es tan fundamental corregir nuestro lenguaje, y ser cuidadosos con las categorías que fomentamos.

Últimamente, con el noble fin de desviar el discurso de nombres del tipo “discapacitado”, hacia variantes liberadas de una connotación negativa, y de un poder categorizador limitante, se ha optado bastante por decir “persona con capacidades distintas/diferentes”, o incluso, “otras capacidades/habilidades”.

También algunos, con la noble intención de evitar las connotaciones negativas, y con el ánimo de más bien mostrar positivamente a las personas con diversidad funcional, recurren al adjetivo “especial”. De alguna manera, así como entre los coleccionistas un objeto tiene valor adicional cuando corresponde a una “edición especial”, se le imprime así una connotación positiva basada en lo extraordinario. No es mala lógica; lo menos frecuente o “raro” no es de por sí peor, sino que puede tener un valor adicional.

Pero nos quedamos cortos, y largos a la vez.

Cortos, porque determinada “discapacidad” es una característica de una persona, o incluso una circunstancia. Es una condición, un determinado escenario de acción, una forma de ser en el mundo. No es un límite para la experiencia de la vida, ni para el individuo, ni para el entorno. No es un techo, ni una delimitación de sus capacidades, pensamientos, perspectiva ni comportamiento.

Pero largos, porque tampoco es un superpoder. Bien puede una persona con diversidad funcional poseer una perspectiva singular sobre la vida, quizá un punto de vista que resulte refrescante para otros. Desde luego que el mundo se percibe de distinta manera para alguien que usa una silla de ruedas; o quizá para alguien que no puede ver. El trompetista Don Cherry una vez grabó un disco consistente en una sola sesión de improvisación de una banda, completamente a oscuras. El resultado es diferente, refrescante y, ciertamente excelente. Pero la perspectiva la da el individuo, en el escenario de sus condiciones y contexto, y NO la “discapacidad” del individuo en sí misma.

Tener un hijo con síndrome de Down no me hace padre de un “niño especial”, más que cualquier otro padre de cualquier otro niño, a quien con todas las razones del mundo considera ser un ser absolutamente especial. Tampoco me hace a mí un “padre especial”.

Foucault describe en otro texto, “El orden del discurso”, cómo el discurso de quien es considerado “loco”, puede ser significado -según el contexto histórico- como maldito o poseedor de una videncia privilegiada. Lo mismo tiende a ocurrir con estas etiquetas de “especial”. Es la maldición del “fenómeno”. Admirado o despreciado, el individuo que se encuentra bajo el foco de lo ontológicamente distinto, termina tarde o temprano en la soledad y desesperación. No solo el rechazo es negativo, también la desmedida admiración basada en la diferencia, porque para amar y sentirse amado, se necesita estar en el mismo nivel del otro.

A veces alguna persona, que obviamente me conoce poco, me dice algo sobre las personas con síndrome de Down. Con toda la seguridad y tranquilidad del mundo, ésa que solo puede provenir del convencimiento de que se está haciendo un bien, me describen a la especie a la cual parece pertenecer mi hijo: “ahhh, ellos son puro amor!”.

¿Quiénes son “ellos”?

Le deseo a mi hijo lo mismo que deseo para mí. Que sea amado por quien es. Que sea admirado por sus cualidades personales. Que sea conocido por lo que ha hecho.

Y no por una etiqueta, un prejuicio, o una generalización, no importa cuán buena sea la intención que la empuja.

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