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 Fragilidad

A veces le pasa a uno que confunde los conceptos. Me pasa a mí, y yo soy uno, así que voy a hablar un ratito en primera persona:

Por alguna razón, cuyo origen no he podido todavía identificar bien, he poseído hasta donde tengo memorias, una permanente necesidad emocional de firmeza. Amistades firmes, relación de pareja firme, empleo firme, objetos firmes. Cosas que duren, que aguanten, que estén ahí siempre. Cosas que no cambien, que no me vayan a sorprender de pronto siendo de otra forma que la que pensaba. Cosas que permanezcan.

Entonces los cambios me complican. Que las cosas se acaben de pronto, que sean distintas a lo que eran antes, o que algo ya sencillamente no funcione, me preocupa. A veces me aterra. Sin embargo el problema, es que no he intentado nunca hacer que las cosas aguanten a punta de dedicación, gestión y mantenimiento. Y quizá sería en muchos casos inútil tener esa pretensión, pero ni siquiera la he tenido; en su lugar, siempre tengo la pretensión de que las cosas sean lo suficientemente sólidas por sí mismas como para mantenerse firmes y permanentes. Es como si un especialista en cuerda floja quisiera que, en lugar de tener que mover finamente sus extremidades para mantener el equilibrio, siempre actualizando su postura con la retroalimentación compleja de la cuerda, ésta mejor fuera un bloque de concreto de un metro de ancho.

Quizá ahí reside el origen de mi necesidad: aun siendo sociólogo, no puedo evitar provenir de una familia de ingenieros; quiero que las cosas estén “bien hechas de fábrica”. Pero, hablando en serio, mi problema es el de aquel neurótico equilibrista que quiere olvidarse de las flacas cuerdas; confundo el equilibrio con la permanencia.

Nuestras vidas, y todos sus componentes, parecen moverse en diversos planos de relativo equilibrio. Y el equilibrio es siempre frágil; ¡es la gracia del equilibrio! Es una situación que tiene lugar solo bajo algunas, y no en toda la infinidad de específicas condiciones.

Hace años leí por ahí a un viejo que decía que la mejor forma de caminar es descalzo. Siempre “a pata pelada”. Así, en lugar de tratar de alejar la delicada piel de nuestra planta de pie de los elementos, para mantener una siempre falsa sensación de seguridad, el caminante desarrolla una sensibilidad en sus pies que le permite aprender a pisar correctamente, y a caminar de manera ágil e inteligente, manteniéndose sano, fuerte, y libre de peligros. Suena arriesgado, pero la vida es así…podemos tomar ciertas precauciones, prepararnos para mejorar nuestra capacidad de equilibrio, pero al fin y al cabo, estamos siempre en un frágil balanceo.

En la vida no podemos controlar nada, sino solo jugar a equilibrarnos. Que la vida es así, frágil e impredecible, y que lo único permanente, firme y estable es la muerte. Lo más lindo de la vida pende siempre de hilos, y lo único que podemos hacer es aprender a disfrutar nuestra pega de equilibristas, ni siquiera dominarla de una vez por todas…hasta el mejor equilibrista se tiene que caer.

Capaz por eso siempre me gustó tanto andar en bicicleta. Sostenido sobre dos pedazos de goma con perfil curvo que no miden más de cinco centímetros de ancho, si no avanzas y mueves tu cuerpo, te caes. No queda otra; usar más ruedas para asegurar la verticalidad le quita –para mí- toda la gracia.

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Texto publicado originalmente el domingo 27 de enero de 2013 en El Magallanes/La Prensa Austral

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