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Modelando

Improperios van, improperios vienen. Famoso conduciendo ebrio. Opiniones “a título personal”. Lo que todos estos hechos tienen en común es el juicio generalizado: los personajes públicos tienen una responsabilidad adicional sobre sus dichos y hechos, ya que aparecen como modelos para la sociedad.

Sea llamado “responsabilidad social farandulera”, “exigencia de ser intachable/honorable”, o lo que sea, el llamado de atención siempre es el mismo; al considerarse que se trata de una persona con gran exposición en los medios, se argumenta que existe la obligación de cuidar las maneras frente a la opinión pública, más de lo que tendría que hacerlo el ciudadano a pie.

Pero estoy absolutamente en desacuerdo. No con el hecho de que el comportamiento inapropiado de estos personajes sea sancionable –en diversos niveles-, sino con el hecho de que al ser “personajes públicos” su responsabilidad sea mayor. Pues, no. Todos tenemos la misma cuota de obligación de responsabilizarnos por lo que decimos y hacemos, y la única diferencia es el nivel de exposición de nuestro comportamiento, lo cual puede llevar a consecuencias mayores para alguien “famoso”, pero que no significan que si un ciudadano común actúa inapropiadamente no le importe a nadie.

Estamos confundiendo las cosas. Típico ejemplo: el futbolista farandulero que festejó quizá con demasiado entusiasmo, y no llegó a entrenar al día siguiente. Lo que hace es incorrecto, porque no le permite desempeñar satisfactoriamente su trabajo; y el juicio social corresponde, si usted quiere, porque es alguien que está representando no solo a su persona, sino que a un equipo, a una hinchada, etc. Su comportamiento es inapropiado y lleva a una decepción. Listo. Mal. Que él sea famoso es sencillamente una circunstancia de su vida, y no es parte de la “causa”. Bien podría ser un anónimo jugador de tercera división; la falta es la misma, y es igual de grave. Quizá decepcione a menos gente, o quizá no era tan importante su presencia en el equipo…quizá eso traiga menos decepción. Pero está igual de mal que el ejemplo anterior.

El argumento de que esta persona es un modelo, cuyo comportamiento será imitado, pone al carro a tirar del buey. Una persona que crece con un concepto claro de la responsabilidad personal, laboral y social que le competen día a día, no encontrará atractivo el caso del futbolista farandulero; le parecerá sencillamente patético. En cambio, en nuestra cultura del pillo chileno, desde chicos le enseñamos a los niños, verbal y no verbalmente, que un personaje así merece atención. Es el mismo cuento que con el cigarrillo; no tiene sentido alguno prohibir su aparición en pantalla. Los niños no piensan que fumar es “bacán” porque estén rodeados de imágenes de gente fumando. Piensan que es bacán porque es lo que los adultos que los han criado piensan, y les transmiten. Lo mismo con el físico; pretenden prohibir que las modelos de alta costura sean tan extremadamente delgadas, para evitar desórdenes alimentarios en jóvenes, producto de sus expectativas incumplibles con respecto a su cuerpo. Inútil; si “galla, estai tan flaca, ¡eres un palo!” sigue siendo –no me explico yo cómo- una frase halagadora entre adultos, acostúmbrese a las modelos extremadamente delgadas en pantalla, y no se sorprenda por la obsesión de su hija/o. Si vamos a un ejemplo más extremo, culturalmente sancionado prácticamente de manera unánime, vemos el lado opuesto de este efecto: un adicto a la heroína aparece como patético. Siempre. Haga lo que haga. (Apuesto a que aunque el gobierno hiciera publicidad a la heroína, con la campaña “yo elijo inyectarme”, el heroinómano seguiría todavía con este estigma social durante largos años).

El hecho de que un animador de televisión conduzca ebrio es TAN potencialmente mortal como que lo haga don Perengano; no se engañe. No importa que solo sea un círculo pequeño de gente la que sufra con la enfermedad de este anónimo asesino en potencia; la falta es igual de grave que la del famoso.

Mientras sigamos fomentando patrones culturales negativos, seguiremos sufriendo por las mismas irresponsabilidades, y éstas a su vez recibirán continua tribuna y atención. O acaso honestamente, hoy en día, ¿no hay ningún personaje público cuya fama se haya originado precisamente en un comportamiento destructivo?

Quizá debí haber hecho la pregunta al revés…

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Texto publicado originalmente el domingo 3 de febrero de 2013 en El Magallanes/La Prensa Austral 

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