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Vecinofobia     

Hace unos días resonó bastante la noticia de un grupo de cadetes entonando cánticos con líricas de contenido claramente xenofóbico. Un problema en esta historia es que eso no es noticia, en el sentido estricto del término, si no es porque alguien los grabó en su celular, mientras lo hacían en plena Av. Perú de Viña del Mar, los muy atinados. Es algo bastante cotidiano, lo cual está muy mal.

Pero el problema va más allá del hecho, o de que sea una práctica relativamente regular, o de que haya individuos que incluso lleguen a proponer que las autoridades deberían respaldar a los cadetes en el caso; extremistas siempre habrá. El problema es que, a pesar de que el rechazo social es amplio, el miedo y odio frente a nuestros vecinos es una cosa profundamente arraigada en nuestra emocionalidad social, al punto de que muchas veces ni nos percatamos de ello.

Desde chicos, en clases de historia y geografía –siempre juntas, mostrándonos los “simples” tratados y guerras que llevan a la conformación de aquellas líneas que separan a los buenos de los malos- nos enseñan a odiar a argentinos, peruanos y bolivianos. De los demás no hay mucho, total viven lejos. No solo hay una fuerte carga de adoctrinamiento patriota-nacionalista que, en mi humilde opinión dista de ser necesaria para la formación de ciudadanos chilenos, sino que se nos enseña a través de la construcción simplista de un “monstruo”, esta extraña mezcla entre temor y odio para con nuestros vecinos.

Se construye este monstruo, que es simple en su capacidad de ambicionar lo nuestro, traicionar a cualquiera y, encima, llevarse a nuestras mujeres (bueno, al menos en el caso de los argentinos), ¡carajo! Este monstruo a quien solo interesa robar nuestro mar y achicar nuestra ocupación de tierras –absolutamente sub-ocupadas, y relegadas al olvido por nuestro extremado centralismo pero, ¿a quién le importa cuando se trata de unirnos en contra del enemigo?

El chileno típico sale del colegio con una cantidad de prejuicios, mitos e ideas sobre sus vecinos que solo es comparable al muchacho que recién sale de un internado de hombres, con respecto a las mujeres. No tiene experiencia, ni sabe de qué habla; sus ideas preconcebidas son el mapa que lo lleva a la inescapable ocasión de enterarse de cuánto no sabe.

El problema con los cánticos xenofóbicos no es de las fuerzas armadas, es de todos. Es solo un síntoma, una expresión de algo muy feo y estúpido que llevamos dentro como chilenos; algo que en lugar de superar, seguimos inculcando y defendiendo. Y no me venga con que “a estos hombres se les prepara para la eventual guerra”. Ni en la guerra ni en el amor vale cualquier cosa; un guerrero honorable jamás desprecia a su contrincante de esa manera. La tarea del ejército no es generar este odio y resentimiento gratuito, sino, como bien lo dijo el Ministro (s) a cargo, la preparación profesional de las fuerzas armadas.

La tarea de todos es terminar de contarle distorsionadas historias sobre monstruos a los niños.

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Texto originalmente publicado el domingo 10 de febrero de 2013 en El Magallanes/La Prensa Austral.

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