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Los límites

Es interesante el tema de los límites. Las conversaciones sobre el tema suelen derivar desde el “poner límites” a los niños, a los límites que nos impone la ley. Mi argumento es el siguiente, y toca ambos aspectos:

1)      Es preciso, como seres humanos, desarrollar de manera consciente y continuada una disposición ética personal a lo largo de nuestra vida.

2)      Esta ética, como toda formulación humana, es artificial. Sin embargo, solo puede tener sentido cuando es contrastada con aquellos principios que la vida y la naturaleza nos presentan, y con las distintas perspectivas de otros. El esfuerzo por lograr una sintonía es continuo y permanente.

3)      Es decir, nuestra ética debe ser consciente y actualizable. Debe plantear ideales, respetando realidades.

La Ley, a diferencia de lo que gustan pensar muchos, es artificial y mutable. La ley cívica tanto como la ley canónica. No hay escrito que no sea interpretación de hombres, y por tanto no hay mandato que no sea revisable, perfectible, cuestionable. Estamos siempre trabajando por mejorar.

Entonces, de eso pasamos al punto al que quería llegar: hay leyes que son simplemente una estupidez. Que no van con los tiempos, que no van con los ritmos del hombre ni la Tierra. Cuya efectividad, aplicabilidad, y/o su utilidad ha sido empíricamente rebatida. Esas leyes debemos cambiarlas, y para ello debemos primero comprender que es necesario su cambio.

No hay para el individuo, frente a la ley, obligación alguna de rendir tributos morales, cuando ésta no los merece. Tan solo sus prácticas deben estar acorde a la norma, para evitar sanciones. Una cosa bien cínica, sí, pero más cínico es moldear la opinión y la palabra según el parecer de los papeles creados por hombres de insuficiente reflexión.

En mi familia se me enseñó desde chico este principio, y eternamente estaré agradecido por ello: “Nico, yo sé que es una estupidez que tengan que andar todos de pelo corto y uniforme en el colegio, pero úsalo así no tienes problemas y se termina esto antes”. Un pequeño ejemplo parafraseado, de cómo debemos mantener y fomentar –vivamos o no en la “ilegalidad”, eso es otro asunto-, una consciencia acerca de que las normas no son ley divina; hay que cuestionarlas y comprenderlas.

Carlos González, pediatra y escritor, fue consultado en una entrevista por una madre que le preguntaba sobre qué límites se deben poner a los niños. El español fue muy breve; los límites que es necesario enseñar, para que un niño no se lastime ni lastime a otros, nadie necesita aprender a ponerlos. Lo de inventar normas por inventarlas, pensando en que sino solo nos quedaremos con rebeldes insufribles, solo puede llevar a una autoridad arbitraria. Y ojo con aquello, que es central también para una discusión general sobre los límites y normas cívicas: una de las cosas que genera más sufrimiento, frustración, confusión y “tiros por la culata” es la arbitrariedad.

Los límites de velocidad se han probado inútiles para reducir mortalidad por tránsito, la penalización de drogas como la marihuana se ha probado inútil para combatir -no, más bien beneficiosa para- el narcotráfico y la dependencia, pero ahí siguen vigentes estos reglamentos. Y, cínicos e ignorantes, nos escandalizamos cada vez que escuchamos “iba a exceso de velocidad”; esa persona puede haber ido a una velocidad excesiva para las condiciones de manejo, pero el solo hecho de superar en el velocímetro aquel numerito del cartel no traerá sobre usted las penas del infierno, temo decirle. Movemos la cabeza de lado a lado cada vez que detienen a un cabro leso que andaba con tres cigarros de marihuana; “red de micro tráfico”, le llamamos.

Soy reiterativo en este punto; debemos ser capaces de elaborar para nosotros una reflexión ética más consciente; capaces de cuestionar la ley, de mirar más allá de lo aparente. Más pernicioso que aquellas faltas que nos hacen pensar que todo se convertirá pronto “en un circo”, resulta una norma arbitraria, sin fundamento y sentido.

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Texto originalmente publicado el domingo 17 de febrero de 2013 en El Magallanes/La Prensa Austral.

 

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