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Ideas, de esas cortas

Nunca me he animado a escribir un libro. Un libro, así, de un tirón. Tendría que tratarse de una infinidad de cosas, desparramadas en capítulos inconexos. Capaz tendría que ser un compendio de cortos artículos, introduciéndome a mi gran paradoja: ¿quién lo leería? ¿quien ya me ha leído, y por eso le interesa? Pero si ya me leído, ¿para qué me va a leer? Capaz lo compre mi madre, enternecida por nuestro vínculo, más que por el peso de mis cortas ideas.

Yo nunca le he comprado un cuadro a mi madre, pero me encantaría. De corazón siento –aunque capaz no vale la lógica inversa en este caso- que no sería menor el valor de mi apreciación y mi compra, por ser hijo de ella. Mi madre me vio crecer y me conoce, quizá especialmente valiosa resulta su confianza intelectual en lo que escribo, porque significa que mis cortas ideas la convencen no por mera imagen que tuviera de mí. Así como yo, no por ver cientos de escondidos bocetos, desconozco la belleza de sus pinturas más visibles.

Mis  ideas son cortas. ¿Cómo escribir un libro, así, de un tirón? Como dando una gran clase magistral acerca de materias sobre las que tengo apenas una idea. Me veo mejor envuelto en este breve formato. Siempre dejando viva alguna duda, con un punto siempre suspendido, de que en una de esas me faltaron líneas para expresarme.

El Cabo Valdés dice que todo era mentira. Ahora que dice que es mentira, decimos que dice la verdad. Pero, ¿qué sabe uno de la verdad? Yo apuesto que ni él sabe de la verdad, y no necesito haberle visto un crecimiento sobrenatural de barba para poner en ello todas mis fichas.

En la oficina el baño es horroroso. A veces la puerta está abierta, pero en general está cerrada. Es algo más sano, ahorrándonos el recuerdo de que en todo olor percibimos de alguna manera la materialidad misma de la cosa que lo emana. Qué asco, no era mi intención traer ese inexorable hecho a la memoria.

Cuando la puerta está cerrada mi único signo de que pudiera haber alguien dentro, sin tener que tocar la puerta o intentar moverla, arriesgando un incómodo “¡está ocupado!”, es el interruptor de la luz del baño, inconvenientemente ubicado por fuera. No pasa un solo día en el que no tema por la posibilidad de que haya en esta oficina un usuario de baño a oscuras, o quien haya dejado la luz encendida y la puerta cerrada. En la vida nada es seguro, carajo.

Lo que me hace feliz es escuchar a mi abuelo decir que cayeron “chaparrones”, o que alguien se “achaplinó” por tal o cual razón. Son dos palabras que jamás podría usar sin sentirme un timador. Aunque, uno nunca sabe, hace tiempo no me habría atrevido ni a pensar “qué macana”, cuando no me resultaron mis planes. Es increíble lo limitado de nuestro vocabulario; más allá del uso excesivo de “garabatos” como sustituto de palabras–en general- más precisas, lo cual es una innegable falta casi universal, realmente nuestro lenguaje típico se compone de una terriblemente breve selección de entre el vasto mundo de las palabras. Hablamos como quienes nos rodean, como quienes escuchamos, como quienes queremos parecer. Y no de otro modo. No solo la tonada o el acento, los modismos o muletillas; sencillamente, de acuerdo a cómo nos auto identificamos, hay palabras que nos prohibimos usar.

Le deseo un domingo salvaje.

——

Texto originalmente publicado el domingo 24 de febrero en El Magallanes/La Prensa Austral.

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