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Información y secreto

Hace unos días, en plenas vacaciones –un paréntesis, para llamar la atención sobre el uso intencional de esta palabra, en lugar del pusilánime “feriado legal”… el ser humano tiene todo el derecho a estar ocasionalmente libre, vacante, sin tener que nombrar esta inactividad como si se tratara de una imposición de vagancia, legalmente justificada- mirábamos las estrellas en familia. Ninguno de nosotros un gran conocedor del cielo, simplemente contemplábamos esta anónima enormidad, y nos maravillábamos con su belleza. A la larga, tenía que surgir el tema de la existencia de la vida extraterrestre, y más adelante, una pregunta que es muy básica, pero que hacemos poco: ¿Por qué todavía hoy, año 2013 desde que una estrella indicó el sitio de llegada del mesías cristiano, no sabemos con certeza si existe vida extraterrestre? Más preocupante aun, ¿por qué no tenemos certeza de si existe efectivamente esta información para algunos?

Más allá de si vienen en paz, si son largos y esbeltos, si juntan las muñecas y las puntas de los dedos y silban agudas melodías. Más allá de si ayudaron a construir las pirámides, o si nos abducen para estudiarnos, utilizando instrumentos de incómoda inserción… ni siquiera sabemos qué es lo que, como humanidad, sabemos sobre la vida extraterrestre. ¿Sabemos algo? No tengo certeza, ése es el punto.

Las teorías de conspiración son algo locas a veces. Pero son eterno síntoma de esta problemática del secreto, del control obsesivo de la información. Ahora, con la llegada de la “era de la información”, somos partícipes de algunos momentos interesantes de “derrame” de datos, pero en general la situación es la misma. La red se ha ampliado enormemente, de modo que la información “libre” ahora es libre para muchísimas más personas, y su accesibilidad ya no está constreñida por las tradicionales barreras del tiempo y el espacio. Sin embargo, el secretismo persiste y persistirá, y la verdad es que como usuarios de tecnologías de la información más bien estamos ubicados del lado opuesto al que solemos creer, en esta relación de informante-informado. Una frase ya muy difundida dice algo así como que “si no estás pagando por el producto, tú eres el producto”. Quienes entregan la información, hoy, son los usuarios.

Y la metáfora económica no podría ser más adecuada a la situación informática; la información y el secreto, han ido y seguirán yendo siempre de la mano del interés económico. No es casualidad que el “boom” de invenciones en tecnología tenga sus inicios en la revolución industrial, de mano del auge de las ciudades, la secularización del conocimiento, y la proletarización de los oficios. No es que de golpe nos volvimos más creativos y buenos para inventar; se hizo posible crear más elementos porque estos fueron necesarios para producir más, y para facilitar y fomentar estos procesos se formalizaron las ciencias, y se juntaron los hombres en ciudades, donde su trabajo sería ahora diversificado y especializado. Y así, nos trasladamos al presente, donde la información que se comparte es lo que da pie a conversaciones que brindan información sobre nosotros, los consumidores: Información que se traduce en valor.

Lo que los usuarios entregamos día a día, como eternos “cazanoticias”, en nuestras interacciones, indicando qué nos gusta y nos disgusta, en el continuo proceso de autodefinición pública en redes sociales, es información que se vende muy muy cara. La información privilegiada, el secreto, se trate de información sobre extraterrestres, datos de mercado, o archivos de gobierno, siempre gravita en torno a lo mismo: poder.

Y como bien muestra Michel Foucault, el poder no debe ser pensado sencillamente en forma de dominación de unos por otros, sino que en forma de red. Una red compleja en la que nos inscribimos todos en diversos roles. Todos, o casi todos, manejamos ciertos secretos, y entregamos y recibimos ciertos pedazos de información. Quizá excepto por quienes viven en la extrema pobreza, caracterizada también, como no, por ser una situación en la que uno está desnudo, como un cuerpo de datos para el gobierno y sus agencias de desarrollo social. Qué secreto queda por guardar ahí…

También participo yo, entregando pequeños informes semanales de no más de 4.000 caracteres, de modo de dilatar al máximo este período de entrega de información –que no puede ser eterna-, mientras recibo un multimillonario salario por parte de La Prensa Austral. ¡No me diga que no lo sabía! Bueno, algunos secretos se van a filtrar tarde o temprano…

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Texto publicado originalmente el domingo 17 de marzo de 2013 en El Magallanes/La Prensa Austral

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