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El camino al infierno…

…está pavimentado de buenas intenciones, dicen por ahí. Pero, ¿cuál es realmente el problema con el famoso “recetario de Lavín”? Voy a proponer algunas ideas.

El punto de partida de la iniciativa es interesante, reconozcamos eso. Sin embargo, su enfoque es erróneo: parte con una investigación de las pautas de alimentación de un número de familias que viven en pobreza. Es que el propio FOSIS reconoce, con razón, que hay en toda familia –aun en las más pobres-, diversos capitales que han permitido a una familia en cuestión sobrevivir hasta la actualidad. Las formas de ahorro, estrategias de consecución de recursos, alianzas con vecinos, etc.

El problema es que, desde ahí, a quien investiga –y cómo no, al Ministerio- debiera esta realidad causarle una profunda sensación de indignidad. Justamente porque las familias que viven en pobreza han logrado hasta ahora apenas sobrevivir poniendo en funcionamiento sus capitales. Recordemos que la propia “línea de pobreza” equivale a dos canastas básicas de alimentos por persona, o bien al doble de la “línea de indigencia/extrema pobreza”. (La canasta básica de alimentos que se utiliza es tremendamente cuestionable en sí, sin embargo eso es discusión de otro momento.) El punto es que para quienes viven en pobreza –ni siquiera en extrema pobreza-, apenas alcanza para comer al estilo del recetario.

La intención del recetario es buena, pues plantea la posibilidad de que con un presupuesto de $2000 diarios, una familia puede alimentarse de manera relativamente sana. Recordemos que mucho se ha criticado al “Elige vivir sano”, en función de que con los paupérrimos salarios chilenos (según Casen 2011, el 65% de los trabajadores gana menos del sueldo mínimo), lo de sano no pasa demasiado por un tema de elección… Entonces, viene bien enterarse de algunas opciones en las que se hace más o menos posible alcanzar ciertos estándares nutricionales.

El problema es que -mire la tira que acompaña esta columna- nos estamos mandando un Susanita de aquellos. Es preciso constatar que en Chile, hay ciudadanos de primera y de segunda clase. Una gran mayoría que apenas vive el eterno círculo de la llegada a fin de mes, y una pequeñísima minoría que se gasta un sueldo mínimo en un almuerzo. La realidad de la pobreza no es sencillamente la falta del lujo y la riqueza; la realidad de la pobreza es cruda y dura. Sin embargo, tras la constatación de esta diferencia, el error fatal del Ministerio, es brindar una herramienta que a la vez que observa la indignidad, la avala. Es como si el Ministerio de Salud publicara un manual de “remedios de la abuelita” y oraciones al Señor, para quienes no tienen un peso para gastar en drogas.

Lo que está en el fondo es una tremenda violencia. Es avalar de manera oficial la diferencia entre clases de ciudadanos chilenos. Es seguir en la misma lógica de “bueno, hay que ayudar más a los pobres”, sin acercarse nunca a las dinámicas que están en la base de los círculos de pobreza. Ya, hemos constatado más o menos cuál es la “dieta de los pobres”. Ahora, a trabajar para que nadie más en Chile tenga que comerla, tenga que comer porotos con riendas, sin las riendas…

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Texto originalmente publicado en El Magallanes/La Prensa Austral, el domingo 21 de abril de 2013.

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