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La teta

Espero el título de esta columna no le desconcierte. Yo sentí algo de pudor al ponerlo, debo reconocer. Pero estoy aquí para cumplir con mi obligación moral de decirle que tanto su desconcierto como mi pudor son absolutamente injustificados. Pero no por eso inexplicados…

Quizá uno de los elementos culturales más notorios en su peculiar mutación histórica de significado es la teta. La teta humana, muy en particular. No pretendo hacer un recorrido ni somero de cómo ha sucedido esto, pero partamos de la base presente donde la teta asume una posición tan artificial como ambivalente, en una eterna bipolaridad: como objeto sexual y parte grotesca.

La teta se concibe hoy como un elemento erótico, de gran atractivo. Su utilización como tal, como objeto, como elemento independiente de quien la porta, casi como una entidad propia, es absolutamente libre. Hoy, con suerte encontramos ciertas restricciones de horario en televisión para la forma en que puede aparecer la teta, pero son restricciones pequeñas, y en todo caso el uso de ella como objeto sexual es libre. Es casi obvio.

Sin embargo, cómo nos escandalizamos cuando vemos una teta cumpliendo su función. Es que, partamos por el principio, ¿para qué carajo existe la teta? ¿Qué es lo que explica la formación evolutiva de la teta en el cuerpo femenino? Muy simple: la teta produce la primera y fundamental alimentación del bebé. Del mamífero. Una mamífero alimentando a un pequeño mamífero. Pero es un escándalo, es “feo”, es “desagradable”. “Las madres deberían hacer eso en privado”, si es que lo hacen, porque “el niño ya tiene 6 meses; la leche ya no lo alimenta, ni siquiera.” “Va a generar dependencia. Una relación enfermiza con su madre.”

Usted ha escuchado y/o ha dicho estas frases miles de veces. Usted, pero más precisamente, nuestra largamente confundida sociedad. Nuestra sociedad que rechaza la naturaleza del ser humano, y rechaza a la mujer. Denosta la labor de madre –y de padre-, como si fuera algo menor, y le dice a la mujer que su liberación consiste en verse atractiva como un objeto en los medios, o bien dedicarse a “trabajos de verdad”.

Está bien, no toda mujer es madre, así como no todo hombre es padre. Y nada de malo tiene apreciar y ensalzar lo estético del cuerpo en las formas que se estimen. Nadie niega eso. Pero lo que se niega día a día es la naturaleza humana; síntoma de esto es el rechazo principal ante la figura del pezón. El pezón es quizá la fuente de mayor ambivalencia. ¿Por qué el “bikini” cubre el pezón? Algunos apenas lo hacen, tornando la prenda casi inútil si de cubrir el cuerpo se trata; pero mientras lo hagan, está todo bien, ¿no? El pezón masculino es sencillamente un apéndice inútil que a nadie le importa demasiado, pero Dios nos libre de ver el pezón de una mujer. Yo le diré por qué: el pezón femenino es LO que constituye ineludiblemente la referencia directa a nuestra mamiferidad (supongamos que exista esa palabra). El pezón nos delata como mamíferos. La incomodidad de ver un pezón femenino “dando teta” por ahí es nuestro propio dolor como sociedad confundida, nuestra vergüenza estúpida ante lo que somos, nuestro recordatorio de que estamos fregados, somos y siempre seremos así.

Miles de mujeres hoy reivindican su naturaleza, y en ese movimiento, reivindican en realidad nuestra esencia, y cómo no, el principal símbolo utilizado para ello es la teta. La razón es simple: la teta es el elemento disruptivo por excelencia en una sociedad que constantemente le da la espalda a sus orígenes, intentando domesticar todo ámbito de la naturaleza humana. Devolver su lugar a la teta es volver a lo real de nuestros cuerpos, de nuestras relaciones madre-hijo, es recapturar aquello que nos hace humanos y que está en la base de nuestra existencia en este mundo.

Como diría José Mujica: “la teta es una cosa bárbara”.

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Publicado originalmente en El Magallanes/La Prensa Austral el domingo 28 de abril de 2013.

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