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Por qué no me gustan los bonos

No sé bien en qué momento, ni bajo qué circunstancias, la oferta de bonos pasó a convertirse en una atractiva herramienta para impulsar candidaturas, y/o mejorar/recuperar niveles de aprobación en estas famosas encuestas políticas. No lo sé con exactitud, pero no me gusta. El bono es a la política como el gran regalo compensatorio a la relación de pareja: mejora la aprobación, pero solo momentáneamente; pretende opacar una realidad no muy bonita; no es una política sustentable en absoluto; genera expectativas más allá de lo que puede ofrecer; y tiene un altísimo costo.

No me gustan los bonos. Ni estos bonos, ni los bonos por desempeño en la pega (que obviamente no recibo, sino, capaz estaría escribiendo otra cosa ahora…), ni el cantante de U2 y sus dobles.

El bono mejora la aprobación de quien lo emite. Pero lo hace momentáneamente. La típica trayectoria del bono: se anuncia como la solución a todo mal (cuyo origen es siempre heteroreferido), la “letra chica” indica que lo reciben unos pocos, los que lo reciben quedan con gusto a poco, los que no, se quejan de que fue injusta la repartición.

Pretende opacar la realidad. En Chile, el 1% más rico de la población acumula más del 30% de los ingresos totales. Desde el otro lado, como le mencionaba hace unas semanas, el 65% de los trabajadores gana menos del sueldo mínimo. Luego, sube el precio de los alimentos (se estima que las familias más pobres gastan hasta un 80% de sus ingresos solo en alimentarse = solo en sobrevivir), o algo por el estilo, y bienvenido sea ese bono. Pero déjeme explicarle cómo funciona en términos de economía doméstica un bono: no se llega a fin de mes, salvo haciendo malabares, pidiendo prestado, viviendo de allegado, y viviendo indignamente. Un mes, digamos marzo, llega un bono de unas 40 lucas. Ese bono no es de un monto menor; para muchos, representa hasta un 20% de ingreso adicional en ese mes. Sin embargo, el bono no mejora la calidad de vida; solo calma un poquito el dolor, solo aplaza un mes más la angustia; luego, se vuelve a vivir con lo poco. Y el bono se va. Probablemente –diversos estudios apuntan a esto- la plata del bono ni siquiera se gaste en algo “importante”. La gente que vive en pobreza vive de apenas tener lo importante; jamás lo “superfluo”.  En resumen, su situación no cambia para nada. Uno necesita ganar más para poder planificar para más; un bono no es más que un regalo inesperado con doble intención.

Pero, ¿y si se diera todos los marzos este bono, no permitiría acaso la planificación familiar, como si el ingreso fuera efectivamente mayor? Quizá, aunque lo dudo. Pero constituye un enorme costo al Estado, y significa que éste financia aquello que el mercado sencillamente no está “auto-regulando”. Además, este…perdería por completo el rendimiento político del bono. Al pasar de ser una agradable sorpresilla, a ser algo esperable año a año. Dicho en corto: un bono no puede constituir una política duradera, sustentable, de protección/promoción social.

Pero ahora, la madre de todos los bonos (doble sentido intencional): el bono por maternidad. Ante las –desde ya inconsistentes- cifras del censo 2012, resulta que la población chilena no está creciendo a un ritmo sano. ¿La respuesta? Desde el gobierno, incentivar a las familias chilenas a tener más hijos, otorgando un bono cobrable una vez por hijo, a partir del tercer hijo. Y aquí es donde el bono alcanza una dimensión tan perversa como absurda, porque ante todo bono es preciso preguntarse cuál es el “público objetivo”. En este caso resulta obvio: quienes son capaces de verse incentivados con un “premio” de 100 mil pesos por tener un hijo adicional, son las familias más vulnerables del país. A las medianamente favorecidas el bono no les alcanza ni para pagar la mitad del “PAD” para costear un parto, y para las familias ricas, el tema definitivamente no pasa por 100 lucas más, 100 lucas menos.

Según el economista Rafael Garay, la crianza de un niño en el estrato ABC1 – C2 es de 155 millones de pesos. En el segmento C3 es de 46,5 millones de pesos y en los estratos D – E es de 18,6 millones de pesos.  Me pregunto en qué dimensión de la vida de esa familia calza este bono. Me pregunto qué logra realmente obtener, si no una reproducción fortalecida de pobreza, en familias que apenas se costean a sí mismas, con los integrantes que ya tienen. Me pregunto, en qué condiciones quiere Chile que nazcan y vivan sus hijos, los futuros chilenos.

Como he dicho, en general no me gustan los bonos ni lo que implican, pero con el bono de maternidad me pregunto por qué –honestamente me pregunto por qué-, nadie tuvo la suficiente convicción en todo el gobierno, como para convencer al presidente de que anunciar esto era una cosa terrible, una mala idea grotesca, una muestra del más vulgar y ofensivo populismo imaginable. Este bono, al tratarse del nacimiento y la vida de una persona, es quizá la muestra más perfecta de la macabra idea de usar una medida transitoria y excepcional, para un tema profundo y de largo plazo.

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Texto publicado originalmente en El Magallanes/La Prensa Austral, el domingo 26 de mayo de 2013.

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