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Humor

Dicen que debemos aprender a reírnos de nosotros mismos, y no podría estar más de acuerdo. Dicen que debemos aprender a reír más, en general, y pienso que realmente es una parte esencial de la vida humana. Sin embargo, y a pesar de que quienes me conocen bien saben que paso buena parte del día riendo, no creo que todo sea para la risa.

Siempre he creído que un indicador casi infalible de inteligencia humana es el humor. No me refiero a que una persona “ande de buen humor”, aunque la palabra “humor” desde luego viene cargada con una historia de metáforas, desde explicaciones para las alteraciones a nuestra fisiología, hasta la facilidad con la que salta una sonrisa. Me refiero al tipo de humor: a qué cosas causan gracia a una persona, y por qué. No necesariamente que la persona en particular sea buena para crear o reproducir piezas humorísticas –aunque eso es tremendamente valioso-, sino sencillamente qué cosas y cómo le gatillan la reacción de echarse para atrás con estos extraños y espasmódicos “ja ja ja” que emitimos los humanos.

Obviamente, mi parámetro es personal y subjetivo hasta la médula, pero bueno, eso es lo que les toca leyendo esta columna y no la de otro perengano. Sin embargo, es posible reconocer en el humor un mecanismo precioso de transmisión de pautas culturales en una sociedad, o entre grupos particulares de dicha sociedad. Casi como un lenguaje, el humor actúa como sistema de códigos que quienes los comparten no necesitan explicárselos el uno al otro; están ahí sencillamente, disponibles para la risa. No obstante, cada quien, de acuerdo a su propia biografía, experiencias y reflexiones personales, va generando su configuración particular de códigos, y por eso tenemos el típico caso de dos hermanos, que se ríen de cosas completamente distintas. Los códigos nos plantean no solo las formas, sino los límites y “tabúes”, por así decirlo, de lo gracioso; entonces, entendemos que en determinados contextos no es “correcto” reírse de tal o cual cosa, o bien entendemos que frente a determinadas personas una cosa sencillamente no será graciosa.

Y así, llegamos al caso del títere lagarto y la comunidad judía. Y así, llegamos a un buen ejemplo de cosas que, para mí, sencillamente no son graciosas. El humorista que maneja al lagarto fue despedido del canal donde trabajaba, y fue socialmente castigado –hasta el hartazgo- por contar un chiste que hacía directa alusión al asesinato masivo de judíos durante el “Holocausto”. Y así, llegamos a un grave malentendido, que llevó este suceso a proporciones que quizá nunca debió haber alcanzado: Se castigó duramente al humorista por hacer un humor “antisemita”, un humor que promueve el odio ante la comunidad judía; pero el problema con lo que hizo Murdock es que ni siquiera “se rió de los judíos”. Reírse de los judíos puede resultar ofensivo, pero ahí hay un tipo de humor que puede bajo ciertos parámetros de complicidad muy estrictos considerarse gracioso. Se trata del humor usando estereotipos; caricaturizando a determinado grupo o minoría. Es como aquel humor del que ayer, hoy, y mañana, todos se reirán cuando el sujeto de la broma sea la figura caricaturezca de un hombre homosexual. Aquel humor que, insisto, podría incluso parecer gracioso a un hombre homosexual, por el simple hecho de reconocer en la actuación una ridícula caricatura que no merece mayor análisis. El problema es que Murdock se burló -y con un chiste harto fome- de un hecho tremendamente doloroso para los judíos y para la humanidad entera. De esas cosas que, en mi opinión, simplemente no nos podemos reír.

Los “fachos” se ríen de los “comunachos” todo el tiempo, y vice versa. Que “los comunistas hablan de igualdad pero usan chaquetas North Face” (qué estupidez) de un lado, y bromas sobre diálogos con Jaime Guzmán, del otro. En general, no me agradan esas bromas; pero lo que sencillamente me parecería de un desatino impresentable es, por ejemplo, que alguien se burle de quienes fueron desaparecidos y/o asesinados durante la dictadura. ¿Se entiende la diferencia? Hay situaciones que son demasiado oscuras, hechos demasiado dolorosos como para encontrarle lo gracioso.

Ahora bien, ¿dónde se traza la línea? Bueno, no es fácil, y requiere de una buena cuota de “tacto”, de hacer un humor que sea capaz de apelar a nuestros “lugares comunes”, sin por ello despertar nuestros prejuicios más absurdos, y nuestro racismo y clasismo encubierto.

Como he dicho, el humor es un indicador casi infalible de inteligencia humana.

 

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Texto originalmente publicado el domingo 2 de junio de 2013 en El Magallanes/La Prensa Austral.

 

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