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Harambour, despierte, ¡vaya a lavarse la cara!

Tengamos un momento de honestidad, por favor. ¿Le ha ocurrido a usted alguna vez que está de espectador en una charla/conferencia/clase tan, pero tan aburrida que le empieza a dar sueño, un sueño incontrolable, que convierte a sus párpados en pesadas cortinas? Sea honesto, si nadie va a pensar mal de usted, yo sé que le ha pasado.

Pero, ¿qué hace uno? Bueno, cabeceando a ratos, forzando los ojos a abrirse, moviéndose un poco para ver si eso ayuda a despertar el cuerpo, golpeteando los dedos, sentándose más derecho, y respirando hondo, usted trata de mantenerse despierto. Dormirse en plena exposición sería una falta de respeto, ¿no?

No lo sé, gentil caballero. Pero cada día estoy más convencido de que no es culpa suya sentir esta repentina amenaza de “morir de sueño”, literalmente. No es su culpa. Quizá no tiene usted permiso para empezar a roncar con tanta inmediatez como su cuerpo le requiere. Pero mi argumento, mi alegato, es que no es culpa suya esta engorrosa situación; usted es una víctima. Y que si lo he sido yo…tantas veces. Clases en el colegio, hasta me he quedado dormido. En la universidad, una vez una profesora me despertó. Imagínese la sensación de culpa y la vergüenza, cuando esta señora, tan enojada como perpleja, me sacudió suavemente de un hombro para que despertara y me fuera a “lavar la cara” (¡como si eso fuera a ayudarme, señora!). ¿Sabe qué? Más adelante, siempre tratando de encontrarme en buenas condiciones físicas como para que el sueño no sea enteramente mi culpa, hubo muchas clases de las cuales me levanté y me fui. Al menos, para dormir afuera de la clase.

No señor, no es su culpa. Acéptese. Dese lugar. Entienda que su cuerpo trata de decirle algo, y no solo a usted, sino al expositor. Principalmente, al expositor. Declaro aquí y ahora, con el limitado poder que me confiere esta columna dominical, que es obligación del expositor dirigirse al público de tal modo de no provocar fatal somnolencia. En serio lo digo.

Sea usted profesor, relator, cuenta-cuentos, aquel a quien le gusta explicarle cosas a los demás; sea usted quien habla a otros, quien muestra a otros algo, quien enseña a otros, sepa que es su responsabilidad entregar la información en formas y tamaños que se dispongan para una plena atención respetuosa. No me venga con eso de que “hay que saber concentrarse”, cuando todos sabemos que hace bien al cuerpo y al alma, distraerse cada tanto, quebrando tediosos bloques de información monótona e ininterrumpida. Los niños se concentran por un máximo de 45 minutos y después de eso darían la vida por poder levantarse de la silla, pegarle una buena patada en el trasero, y salir corriendo de la sala para hacer cualquier otra cosa que sentarse ahí a escuchar a un viejo repetir cosas que todavía no les parecen interesantes. Mirar a los pájaros, jugar a la pelota, gritar, subirse a algo. Los niños aman los recreos no porque sean flojos, indisciplinados e incapaces de esfuerzo; los niños aman el recreo porque es a través del juego que el ser humano se dispone verdaderamente a aprender. El aprendizaje y la atención tienen como condición de posibilidad el buen ánimo. Los adultos sencillamente tenemos demasiado arraigada la prohibición de dormir cuando nos da sueño, o de pararnos e irnos cuando estamos hartos.

En el aburrimiento, en el tedio, en ese falso ejercicio de atención y “respeto” no se aprende nada; la información no se retiene, y por tanto no se da lugar a nada. En toda ocasión donde haya una persona que se dirija a otros, la disposición debe ser recíproca: yo escucharé respetuosamente, pero usted no me aburra hasta el hartazgo. ¿Quedamos en eso?

——

Texto originalmente publicado el domingo 9 de junio de 2013 en El Magallanes/La Prensa Austral.

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