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¿Dona’l pesito?

A veces, solo a veces, ando entre apurado y distraído, con las manos ocupadas, y preocupado de otra cosa, y respondo que sí. ¿Qué me importa la forma en la que manejarán esos “cinco pesitos”, a qué institución se destinarán? Total, son unos pesitos…

Pero NO. No dono “el pesito”. Y a usted, señora, que ayer me puso una moneda de cinco pesos en la mano con un grosero ademán, mirándome como si le hubiera insultado al decirle que “le faltaron tres pesos del vuelto”, mientras me decía “tome, le regalo cinco pesos”, le voy a explicar por qué:

En el pequeño esquema económico, digamos, en una instancia única de compra en el supermercado, tres, dos, cinco, siete “pesitos” no van a hacer mucha diferencia. Ni a mí, ni a usted. De hecho, es frecuente ver que en transacciones donde el vuelto entrega estos números tan pequeños, que involucran monedas que apenas tienen una masa sensible,  tanto el cliente como el cajero lo “dejen pasar”. En el instante, en la interacción precisa y personal, esos pesitos son casi inexistentes.

Sin embargo, vea usted el esquema mayor. Esos pocos pesitos, que uno deja pasar, se suman a los pesitos que miles; no, cientos de miles de clientes dejan pasar. Esos míseros pesitos se convierten pronto en millones. Nuestros supermercados son cadenas a menudo nacionales, y algunos de ellos tienen un alcance internacional. Haga la suma; imagínela, simplemente. ¿Por qué debo yo, que acuerdo pagar el precio que indica el supermercado por los bienes que necesito, y acepto las condiciones en las que se realiza este intercambio, participar de un millonario fondo de regalo para estas empresas, por mera omisión? Por “lata”, por “bah, para qué me complico”, por “¡nunca tan cagado!”, por “esa moneda simplemente me va a molestar en el bolsillo”.

Pero digamos que los pesitos efectivamente se donan. Van a caridad. Sirven para comprar ropas, desayunos, techos, qué se yo. OK. Dejaré para otra columna el tema de que considero una vergüenza que financiar el apoyo para que grupos marginados puedan llevar una vida más o menos medianamente digna, sea responsabilidad de quienes donan unos pesitos del vuelto en sus transacciones cotidianas. Que en lugar de justicia, tenga que haber caridad. Me concentraré en otro problema: cuando esos pesitos se donan, no los dono yo ni usted. No, señora, los dona el supermercado. Se agrupan todos los insignificantes pesitos, entregados de buena o mala gana, por olvido o con intención, y se hace una gran donación a nombre de la empresa. Me recuerda a esas campañas de “si llegamos a las 30.000 ventas, XXX donará $$$ a la Teletón”. Es una vergüenza. Ahora, si hay fraude al fisco o no, depende de cada caso; los pesitos donados a menudo no aparecen en una fila separada en la boleta, sino que sencillamente se guardan.

Pero en este caso, señora, la cosa fue más fea. Yo le dije que no quería donar los tres pesitos, y no me los entregó. O sea, ahí iban tres pesitos para el supermercado, directo, sin pagar impuestos, sin mediar voluntades, sin nada “a cambio”. (O eran para usted, qué se yo, capaz por eso se molestó tanto). Cuando “me regaló” cinco pesos –lo cual es un absurdo; me dio los tres que me correspondían, y dos más que le correspondían al supermercado-, se los di al empacador. Me pareció un minúsculo acto de justicia, siendo él una figura que también podríamos discutir largamente: mano de obra, frecuentemente sobrecalificada, que agrega valor al servicio, pero que no recibe remuneración alguna. Ayer, en cambio, recibió dos pesos directamente del supermercado. Me pareció bien, pero no vive de caridad el hombre…

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Texto originalmente publicado en El Magallanes/La Prensa Austral, el domingo 16 de junio de 2013

 

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