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La crianza como acto político

Hay una frasesilla que cada tanto da vueltas por ahí, que dice algo así como “en vez de preguntarse qué mundo le dejaremos a nuestros hijos, preguntémonos qué hijos le dejaremos a este mundo”. Me parece interesante. Después de todo, el mundo ha estado siempre bien, sin necesidad de mediar nuestras voluntades. Más aun, uno podría llegar a argumentar que nuestra presencia en la Tierra, ha ido progresivamente en detrimento de la “salud” de ésta.

Ahora bien, mi argumento no es ecologista, pero desde luego que aplica a consideraciones de ese tipo. Mi argumento es que la crianza debe ser retomada (o tomada, sencillamente) como el acto político por excelencia: la crianza es la forma más importante, duradera y significativa en que podemos modelar nuestra realidad. Y ese modelamiento parte por nosotros mismos, ante todo.

Y la razón es muy sencilla: en la crianza, madres y padres construimos a la humanidad del mañana, en una dialéctica que escapa toda categoría económica. En la crianza nos vemos envueltos en una dinámica humana que no puede replicarse; de ahí que sea tan transformador para muchas personas el tener hijos. En la crianza nos encontramos a nosotros mimos, de verdad, desnudos, frente a una persona que, al mismo tiempo que está íntimamente ligada con uno, es un ser absolutamente nuevo, distinto, único. La crianza nos pone en el escenario de dar lugar a una persona, dando el pie para sus aprendizajes y descubrimientos, y permitiéndole mirar el mundo con sus propios ojos, a la vez que cuenta con nuestra mirada ya un poco más experimentada.

La crianza, entendida como experiencia, y no como institución; no como socialización. Como madres, como padres, nuestra labor poco tiene que ver con entregar conocimientos. Más bien, entregamos aptitudes. En la construcción de un apego seguro, entregamos seguridad y amor, que luego darán lugar –cuando sea el momento- a sujetos autónomos, independientes, seguros de sí mismos. Presenciar el fenómeno de una persona criada con un apego seguro es muy especial: resultan ser sujetos que, dispuestos a equivocarse y aprender, no dudan de sí mismos. Un niño que ha tenido una crianza amorosa resulta en un adulto que no necesita bajar la cabeza ante nadie (nos guste eso, o no).

En la crianza, somos responsables de una cría pequeña e indefensa: una cría por muchos meses absolutamente dependiente de su madre. Esa dependencia es clave, es característica de nuestra mamiferidad, de nuestro proceso de desarrollo físico e identitario. Esa dependencia es importante, porque solo alguien que se ha dejado caer a ciegas sobre los brazos de su/s cuidador/a/es, puede sentir el suelo firme bajo sus pies. Para quienes son lanzados a la “independencia” prematuramente, en cambio, el mundo jamás dejará de parecer frágil, peligroso, e indigno de confianza.

En la crianza abandonamos nuestras máscaras sociales, nuestros egos, y volvemos a jugar en el piso. Aprendemos nuevamente lo que es el calor de la madre, y lo divertido que es reírse, bailar, revolcarse en el suelo. Aprendemos a escuchar a los niños, y sus ideas derivadas de su inocencia, de su frescura. La verdad, le recomiendo a cualquiera escuchar con atención a un niño pequeño, sea o no su hijo: algo va a aprender.

Pasó el día de la madre, pasó el día del padre; ahora, en un día común y corriente, sin tarjetas, regalos, comidas especiales, ni artefactos construidos con palitos de helado, tomemos nota del principal efecto de una crianza amorosa: nos transforma a cada uno de nosotros. Transforma nuestro mundo.

Transforma el mundo.

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Texto originalmente publicado el domingo 23 de junio de 2013 en El Magallanes/La Prensa Austral.

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