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El problema no son las promesas

De a poco, pero a paso firme, se ha ido instalando un ánimo de descontento social más o menos generalizado. Algunos lo denominan el derrumbe del “modelo”, otros lo consideran parte de un ciclo que ya se ha dado, y que ya antes ha terminado por derivar de una inconformidad generalizada a un latero y nihilista “no estoy ni ahí”, como lo que se vivió durante la segunda mitad de los años ’90. Creo que ambos ejemplos tienen una buena cuota de razón, hasta cierto grado. Y eso es lamentable, ya que la segunda alternativa nos cuenta adelantadamente el final del final anunciado, o dicho de forma menos enredada, su no-realización. El modelo se cae a pedazos por su propio peso, pero mientras no se terminen de tirar abajo, de manera deliberada, sus últimos pilares, ahí seguirá parado, avergonzándose a sí mismo; aunque sabemos que se pueden vivir sin problema largos años de vergüenza.

Hoy, frente a este escenario de primarias de las dos coaliciones que prácticamente monopolizan el poder (y uso el prefijo “mono” de manera intencional), ya huelo el “no estoy ni ahí” de mediados de esta década. Primarias en las que el resultado básico es tan conocido que hasta el menos interesado puede relatarlo, y que reflejan nada más que una falsa ficción democrática, donde a los votantes se nos entregará durante algún ratito la engañosa emoción de elegir a quien ya está elegido. Basta ver el ánimo con el que los candidatos se enfrentan a la instancia: en la concertación, los tres más “pequeños” se rinden ya antes de tiempo, mientras que la candidata nos muestra un video donde los ciudadanos –mirando hacia el cielo- la vemos volver, encarnando un discurso ejemplarmente igual al que ya nos presentó antes; viene a salvarnos de cualquier posibilidad de algo distinto. En definitiva, hay un desgano hasta en los propios candidatos.

En la derecha, lo mismo. Pese a los títeres y los videos ridículos, el ánimo es bajo también. No hay esperanzas, no hay un “relato” –como alegaba Longueira-, no hay más que un literalmente más de lo mismo. No puedo concebir, honestamente les digo, algo más desperanzador que prometer más de lo mismo como candidato a la presidencia, en un país engolfado en crisis de representatividad.

Y, naturalmente, levanto la oreja hacia los ciudadanos que tengo cerca y no tan cerca. ¿Qué dicen? ¿Cómo interpretan este escenario? Muchos de ellos ni siquiera están interesados en votar, y me refiero a los que entienden más o menos de qué se trata la instancia… Sin embargo, leo en ellos el germen del problema principal que nos aqueja y nos mantiene al filo de la amenaza de un escenario de no estar “ni ahí”: “los políticos mienten, nunca cumplen sus promesas”. El desinterés casi siempre se manifiesta de este modo, y el caso quizá más paradigmático en nuestra región es Argentina, donde la imagen del mundo político está tan desprestigiada, que a la gente ya parece ni importarle. Una suerte de terapia de desensibilización política.

Pero el problema no son las promesas incumplidas. El problema no puede ser visto desde la flojera. Desde el “no hicieron nada”. El problema no es cuantitativo. Ni los gobiernos, ni los legisladores son flojos -a veces ojalá lo fueran. Durante los cuatro años de un gobierno se hacen muchas cosas, y que si ha hecho cosas este gobierno, y el anterior, y el que vino antes. Nuevas políticas y ministerios, tratados y reformas, leyes y acuerdos. El problema es que estos políticos, y estos candidatos, no nos ofrecen una interpretación satisfactoria. No leen el ambiente. No lo escuchan.

Entre los desinteresados más lúcidos, de hecho, se manifiesta esto con claridad. En lugar de un discurso estereotípico acerca de “los políticos”, la indiferencia surge del rechazo, del observar que no sencillamente es poco interesante que salga tal o cual candidato, sino que es negativo que sigamos recibiendo –y que los recibimos- candidatos que no nos interpretan. Porque con candidatos que ignoran aquello que está fundamentalmente viciado en el modelo, no podemos sino seguir reproduciéndolo, ahí, en su forma más vergonzosa. La política debiera ser el arte humano de transformar el mundo, y no un modelo de gestión productiva. Debemos abandonar esta visión fabril de la política si queremos realmente mejorar nuestra situación.

Pero claro, la solución no es sencilla: nos toca a todos. Informarnos e informar a nuestros pares, ser más críticos y agudos; ser menos egoístas. Preocuparnos del país en el que vivimos, y exigir con dureza políticos serios. El cambio, lamentablemente, no puede venir “desde arriba”. Hay algunos candidatos que al menos en su discurso de campaña –tan mal estamos, que hasta uno mentiroso nos alegraría- muestran cierto grado de comprensión lectora, pero no son los dominantes hoy, y con toda seguridad no se van a volver tampoco dominantes mañana; el sistema binominal está blindado en este sentido. Entonces, nos toca a nosotros manifestar nuestra voluntad política, apoyando hasta al más pequeño e improbable candidato, si es que nos interpreta de verdad, y mostrando pleno rechazo a los que nos quieren traer más de esto mismo; de esta misma mierda.

Es un complicado trabajo de auto-motivación en climas adversos. Pero si fracasamos, preparémonos –nosotros, a quienes nos importa- para unos buenos años más de aquel terrible “no estoy ni ahí” que solo beneficia a los mismos de siempre…

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