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Mi hijo tiene un dinosaurio

Mi hijo tiene un dinosaurio de juguete. Es de plástico. Para mí, parece un cocodrilo, y como los cocodrilos son descendientes de animales prehistóricos, supongo que igual vale, aunque mi mujer se niegue a aceptarlo. El dinosaurio está como acostado, con la boca abierta. En lugar de lomo tiene un hueco con una malla y un aparato en su centro; este aparato rebota fuertemente cuando es activado, haciendo saltar las pelotas que se encuentran dentro del hoyo. Además, existe un conducto que conecta este hoyo con la boca del dinosaurio, devolviendo las pelotas para que el niño pueda volver a meterlas, una y otra vez.

Mi hijo, naturalmente, comenzó con las pelotas. Verde, morada, roja y blanca, todas rebotaban ahí el día entero, mientras una música alegre sonaba. Después de la centésima ocasión, la música es un poco menos alegre, y cuando se le acaban las pilas desafina horriblemente, como si el dinosaurio de pronto ya no supiera cantar. Pero al día de hoy ya ha metido hasta un aro de básquetbol dentro del dinosaurio. Bloques, cojines, pelotas de todos tamaños, peluches, legos, todo entra al dinosaurio.

Un día el dinosaurio estaba sin pilas. Entonces, no entregaba ya la musical y saltarina recompensa de siempre por llenarlo de cosas. Sin embargo, mi hijo volvía a jugar con él, esforzándose por conseguir los objetos más inverosímiles para meterle al pobre bicho. Zapatos, toallas, platos y adornos, algunos objetos tan grandes que ni siquiera lograban entrar.

Y ahí me di cuenta. Estúpidos adultos. Pensando que la vida se reduce a lo que dice el papelito con las instrucciones. Quitándole a todo su potencial para las ideas, reduciendo las cosas a meras cosas, pretendiendo luego olvidar que no tienen significado más que por nuestra voluntad. Me di cuenta de que para mi hijo el asunto del dinosaurio es muy serio.

Con devoción casi religiosa, obedece a las exigencias de este plástico reptil prehistórico, y busca objetos de todo tipo para entregarle en tributo. Solo más sacrificios podrán saciar a este pseudodragón que no para de reír y cantar una absurda música capaz de llevar a cualquiera a su ruina. Ahí sigue él, buscando cosas para meter, trayéndolas, y achuntándole al dragón.

Los adultos, sin reducirles su escala, nos abocamos a nuestras problemáticas, que son cada una de ellas vitales para nosotros. Sin embargo, no entendemos cuando los niños se enojan porque no consiguen lo que quieren. Nos aferramos a nuestros objetos, porque forman parte de nuestra satisfacción de necesidades, y qué se yo, de nuestras obsesiones e inseguridades. Pero qué malcriado, si el pibe no quiere prestar sus juguetes más preciados, a un niño que ni siquiera conoce.

Los niños son niños. Necesitan de nuestra guía, de nuestro ejemplo, de nuestras lecciones. Lo que no necesitan son nuestras faltas de respeto, nuestro desdén para con sus empresas, ni nuestra condescendencia. Los adultos no somos tan distintos a los niños. Sencillamente hemos cambiado de objetivos, hemos cambiado nuestras formas de obsesionarnos por ellos, y satisfacemos a otros dinosaurios.

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Texto publicado originalmente el domingo 14 de julio de 2013, en El Magallanes/La Prensa Austral

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