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Nació el bisnieto de la Reina de Inglaterra

¿Y a mí qué me importa?

A ver, mejor vamos por parte. Existe un sentimiento de amor básico por todo ser humano, que implica al menos cierto grado de interés por mi parte. Desde luego, no necesito estar emparentado con un bebé para alegrarme de que ha llegado al mundo, y desearle toda la felicidad al recién nacido y a su familia. Bueno, eso cada vez que me entero…la atención funciona así, qué le vamos a hacer. El otro día venía en el auto cuando de pronto veo que caminan por la vereda un niño y sus padres. Van los tres enlazados mediante sus manos, con el niño en el medio. No les tomo el pelo, me detuve a mirar esta escena por varios segundos, emocionado. Así tanto me ablandan el corazón los niños.

Pero, ¿por qué están colmados los noticieros con el nacimiento de este niño? ¿Por qué se llenan las portadas, y llueven los titulares con esto de que nace “la guagua real”? O, peor, digamos que todo esto es la típica de los medios de comunicación masivos, donde reproducen pautas simbólicas de diferenciación racial, de clase, y un etnocentrismo que tendría que ser –en teoría- absolutamente anacrónico, ¿por qué nos importa? ¿Por qué lo comentamos? ¿¿¿Por qué???

En general, esta pregunta cae muy pesado. Porque sencillamente es obvio, nos interesa. Pero si bien existe una morbosidad básica que tiene que ver con el gusto por la vida de los “famosos”, hay algo más ahí: aquel añejo etnocentrismo sigue tan vigente como siempre. La realeza quizá opere hoy sencillamente en un plano simbólico, sin el ejercicio pragmático de poder que ostentaba hace ya varios años, les concedo eso. Pero el poder de lo simbólico no se puede menospreciar así como así: mantenemos con el “viejo mundo” una enfermiza relación de dominación simbólica; le debemos al desarrollo europeo tanto la profundidad de nuestra miseria latinoamericana, herencia de los tiempos de brutalidad económica, social y cultural de la colonia, de los tiempos de nuestro “descubrimiento”, como aquello que hay poco aquí, y que consideramos  atractivo y valioso. En nuestro cuerpo latino conviven dos almas: una pequeña aristocracia económica, que se cree europea, pero que goza de mayor diferenciación en esta tierra –y por eso se queda en estas “pequeñas ligas”, en lugar de volver al “terruño”- y una enorme masa plebeya, que no obstante su condición “tercermundista”, sueña con los cuentos de hadas de la vieja Europa. Los compra, los valida, se los cuenta a sus hijos.

La gente acá goza con la realeza. Porque los rubios son bonitos, los blancos son mejores, los apellidos raros son atractivos, y la nobleza todavía existe en alguna parte del mundo. En nuestro país existe la aristocracia, porque pese a nuestra democracia formal, tenemos suficientes mecanismos de reproducción de la estratificación social como para evitar demasiado “arribismo desenfrenado” por parte del populacho. Oh sí.

Sin embargo, figúrese el siguiente escenario: un día una de nuestras familias ricas –me refiero a las verdaderamente ricas, esas que son dueñas de los medios de producción, de salud, de educación y de previsión social- decide arrogarse, para sí y sus herederos, la cualidad Real. Sí, resulta que ahora su sangre es distinta a la suya, y su única chance de vincularse con este estamento es que un heredero o heredera de su familia, pueda enlazarse amorosamente con alguno de ellos, mediante lo cual su nieto o nieta alcanzará el título de príncipe o princesa.

Absurdo, ¿no? Pero, ¿por qué es absurdo? ¿Porque sería un “invento”? ¿Porque esta familia no tiene “historia”, legado, nobleza? Bien podría suceder esto, en cuanto a mí concierne, y hasta harían un poquito más fáciles de explicar las horrorosas demostraciones de diferenciación –literalmente- desde la cuna, que tanto nos gusta ensalzar.

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Texto publicado originalmente en El Magallanes/La Prensa Austral, el domingo 28 de julio de 2013. 

 

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