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Lo que es el café…

Yo no sé mucho de café. No conozco los detalles de su idónea preparación, no entiendo perfectamente su historia, no sé qué significan todos los nombres de la carta…solo sé que amo el café. Caliento el agua, la vierto en el recipiente metálico que va en el fondo; con suavidad, aplico esa pieza filtro, que es la inversa de un embudo, y lleno el espacio de café pulverizado. Bien lleno, quiero que esté cargado. Enrosco la cabeza, que tiene forma como de tetera, y al fuego se va el aparato. Espero, huelo, y siento cómo el agua evaporada convierte aquellos granos molidos en un líquido que no es ya agua, es café.

Ese café con leche, cremoso pero robusto. Veo cómo el oscuro brebaje se desliza dentro de la taza, con la ligereza del vapor, pero con la consistencia de un jarabe. El café que yo amo jamás es aguado. Es una cosa oscura, que me hace fantasear con el momento imaginario en el que los granos mismos fueran exprimidos hasta entregar, cual jugo de naranjas, esta sagrada sustancia que apenas es lo líquida suficiente como para ser solucionada con leche, y consumida por un humano.

¿Por qué existe el café? El café es evidencia de que la naturaleza nos ama. Nos hace adictos, nos somete, y nos reúne. Porque el café se toma acompañado. Aun en la máxima soledad, ese olorcito, ese sabor, el calor de la taza en nuestras manos, nos hace viajar directamente a los brazos de aquellas memorias preciadas que guardamos en la nariz. Quizá la mayor facultad del café es justamente aquella que entra por la nariz: su olor. A veces, con solo pasearme por afuera de un café, con solo caminar por el pasillo de la pega mientras la maquinita mantiene tibio el café que se hizo en la mañana, ya me siento tomado. Puedo sonreír.

Escribo esta apología con aquel temor histórico de elevar la voz frente a placeres de la vida. Quizá cuántas personas adoran el café y temen manifestarlo; lo expresan de a poquito, se excusan; sustituyen su sentimiento por otros más aceptables, “me gusta porque así me junto con mis amigos”, “me sirve para despertar”. Patrañas. Usted sabe que el café es más que eso, y que se ha encontrado buscando amigos, y buscando sueño, solo para pegarse una buena taza de café.

Pero el temor es razonable. Nuestra cultura de la culpa y el sacrificio nos impide ser gozadores. Nos enseña que es más valioso sufrir que gozar, llorar que reír, hacer penitencia que hacer fiesta. Existen historiadores que niegan, por ejemplo, la ocurrencia de las famosas orgías romanas; sencillamente, dichas pervertidas fiestas serían ficción (o excepción pasada por generalidad) descrita por antiguos cristianos, como menudo anti-ejemplo para afirmar su propia moralidad pseudo-estoica. Pero yo ya no estoy para esas cosas. Yo adoro el café.

El café es en verdad una droga terrible. Amo el café y temo ser tomado por loco. Temo manifestarlo, para que no se lo lleven lejos, lo prohíban y lo persigan. ¿Llegará quizá el día en que esto suceda nuevamente? Es peligroso hablar de placeres. Quizá cuántos pericos manifestaron antaño el gusto por fumar un pito de marihuana. Hela ahí, prohibida y perseguida esa planta. Ruego, buenos señores, no prohibirme esta planta, este grano, este ritual de alegrías.

Pero aún no. Es usted libre de disfrutar un buen café sin culpas ni remordimientos. Hágalo en casa, tómelo en un local, bolsee café de un amigo, o simplemente acepte la invitación a tomar uno. Entréguese.

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Publicado originalmente el domingo 4 de agosto de 2013 en El Magallanes/La Prensa Austral.

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