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Internet como superlación de la escritura

Jacques Derrida denuncia, al menos en cuanto concierne a nuestra sociedad occidental, una fijación teórica que propone una asimetría entre el habla y la escritura, favoreciendo a la primera. Logofonocentrismo, llama él a esta obsesión con eso de que la voz en presencia expresa verdaderamente “aquello que llevamos dentro”, dejando a la palabra escrita como un medio a disposición de la “verdadera” expresión; una mediación de la mediación, dice el francés.

Muchos se acercan con ese marco teórico a Internet. Bueno, a la palabra escrita, en general, pero como no puedo decir que los chilenos seamos en general grandes lectores de formas más tradicionales de escritura, con Internet podemos realmente analizar este fenómeno. Dicho de otra manera, se denosta el uso de las redes sociales –digamos, Facebook y Twitter, principalmente- al ser una suerte de patético sustituto de la vida real. A lo sumo, las redes sociales nos estarían sirviendo como medio para continuar y coordinar asuntos de la vida real, pero siempre desde una posición un tanto apocada, como instrumental.

Estas personas, naturalmente, usan poco las redes sociales. O las usan estrictamente como medio, como quien está obligado de mala gana a usar dinero, solo porque el trueque no es aceptado en todas partes. Quizá usted es uno de estos usuarios; si es así, téngame paciencia, que puede esto volverse extraño:

La explosión y creciente inmediatez del “meme”; la creación vertiginosa de aplicaciones destinadas a poder compartir opinión, imágenes, preferencias, influencias, lo que sea: compartir; los foros de discusión; los muros de mensajes; los grupos de lectura y escritura tipo “fan-fiction”, etc., etc., etc. Internet ofrece una realidad que escapa de los límites y realidades de la “vida real”.  Un mundo donde a cada segundo surgen códigos nuevos, subculturas, formas de relacionarse. Una verdadera globalidad como nunca la habíamos experimentado. Incluso, salvando proporciones, una especie de meritocracia, de democracia que sencillamente no existe “ahí afuera” (pese a que es innegable su auto-negación, en cuanto medio aún subrepresentativo de la diversidad social “allá afuera”).

Pero volvamos a la contraposición inicial: las redes sociales rompen de manera empírica, real -tanto como es real la realidad, con el imperio de la presencia, de la voz hablada, de la supuesta traducción directa del contenido del alma. En Internet todo vale; aprendemos a decodificar medios diversos. A nuestro interés, a nuestra identidad, ya no le parece tan diferente si las impresiones de otras identidades se construyen en base a cortos mensajes de 140 caracteres, personajes inventados, imágenes sin movimiento, o videos personales. Todo vale. Nacen nuevas personalidades, nuevas extroversiones, nuevas timideces.

La escritura cobra la vida que siempre tuvo. La escritura como figura donde se plasma, se construye, desarma y modifica aquello que somos. Como producto y productor, al mismo tiempo, Internet es escritura en el sentido más potente: Es trascender la presencia, en tanto el tiempo se congela, a la vez que se acelera, se contrae, y finalmente se vuelve casi irrelevante. Internet ofrece una inmediatez que no es la inmediatez de la presencia. Es una inmediatez eterna, a la vez que irremediable y fugaz. Internet como archivo, pero también como efímero presente… Nos reímos de que Edgar se cae al riachuelo durante unos segundos, pero podemos buscarlo ahora mismo por ahí, y reírnos otra vez, para siempre.

Y claro, esto siempre ha ocurrido. Así opera la escritura. Así es un libro, por ejemplo. Un libro es tanto un objeto como una experiencia. Lo vivimos, pero podemos volver a vivirlo. Pero su producción es sin duda más lenta, más centralizada, más dificultosa. Internet opera en una escala tan distinta, que de hecho hace que volvamos a los libros, para apreciar su hermoso letargo, su firme permanencia.

¿Quién es todavía capaz de dudar de la capacidad de transmisión de verdad que yace en la escritura? Verdad que permanece, pero también verdad siempre abierta a cambiar, y a dar forma a nuevas verdades. Hoy, miles de personas se conocen a través de Internet. Y se conocen. No hace falta siquiera que se tengan físicamente en frente para compartir de manera auténtica, total (¿porque acaso suponemos algo más total que la conexión alma-alma? ¿No es para ello, de hecho, que nuestros cuerpos son también empleados como medio?).

En fin, ojalá no se caiga el servidor no más…

 Foto: Tel Aviv man, de Jaume Piensa

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