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Yo no sé si es calidez lo que trae el frío

Alguna vez lo pensé. Entrar con los pies llenos de nieve y barro, sentir el grave contraste de temperatura entre el blanco afuera y el oscuro adentro, iluminado apenas por un televisor y el fuego de la leña. Es casi imposible no sentirse abrazado.

Pero es la no-pretensión, eso es. Aunque, ¿cuál será la palabra correcta, que sintetiza ese poderoso fenómeno sociocultural, que parece solo vivirse ahí donde el clima hace esquiva la existencia humana? Es que el frío se impone, simplificando todo.

Mi sistema nervioso apenas se recompone, luego de las modestas sacudidas del Twin Otter, cortando las nubes al bajar. Me gusta el café, pero cómo me arrepentí de haberme tomado uno grande justo antes del vuelo. Qué tiempo que no viajaba solo, y es primera vez que venía por estos lados, donde la cordillera nevada es el patio trasero, y no solo un cuadro que se hace visible solo tras un día de lluvia. Qué lindo es Puerto Williams, y cómo le falta potencia a las letras impresas para decirlo. Aquí corre un lunes por la tarde un frío silencio, una calma que permite escuchar cada paso que aplasta la nieve.

Y ese silencio, ese frío seco, esa nieve que me obliga a buscar las huellas de los autos, para pisar un poco más firme mientras camino por las calles nevadas, me hacen sentir como en un cuento, un sueño. Un espacio fuera del tiempo. Puerto Williams me parece como una aldea, con sus calles de tierra que hacen saltar a los vehículos, debido a los huecos provocados por la irregular absorción de la abundante agua de nieve, con el humo de la leña saliendo de cada casa, con la gente que parece conocerse toda, con la nieve y el paisaje. Carajo, el paisaje.

Todo corre más lento. Sí, incluso más lento que en Punta Arenas, donde un santiaguino adoptivo como yo debe convencerse de que la razón para ir a 40km/h por la pista izquierda seguramente se relaciona con el inconsciente mecánico de los autos importados del Japón, y no de que mi contemporáneo me quiere volver, a mí, personalmente, desquiciado. Bah, fuera de bromas, no sé con qué se relaciona, pero en Williams, ¿a dónde vas a ir tan apurado?

Mientras visitaba a las familias beneficiadas por el proyecto que me llevó allá por pega, por dentro me arrepentía de todas aquellas veces que apuré un oficio, que no entendía por qué los documentos no llegaban nunca. Y en tan solo un par de horas me vi envuelto por esta dulce lentitud, que no es letargo, sino aquel ritmo que sencillamente hemos olvidado en la capital, natural, que allá en el norte –e incluso en Punta Arenas- intentamos acelerar artificialmente, como el dormido que se la pasa bebiendo energizantes poco sanos.

Me recibió allá la buena gente del hostal Akainij, donde la palta reina de la cena tenía centolla en lugar de atún. Me dicen que allá la centolla no es un lujo, pero no me convencen; para mí eso fue un privilegio. Me recibió la buena gente de la Gobernación, incluido el gobernador, y me hicieron sentir rápidamente en casa. Me recibió la buena gente en sus hogares, a los cuales entré como un intruso; les agradezco su amabilidad. No es calidez lo que uno encuentra en el frío, es sencillez. Es tomar más las cosas como simplemente son. Al que llega como alguien que llega, y al que se va como alguien que se va.

Hombres y mujeres más valientes que yo viven a la orilla del Beagle, o incluso viajan allá seguido. Quizá no vuelva nunca, pero en estas 24 horas que permanecí en esa hermosa aldea en medio del bosque, en medio de la nieve, y al fin del mundo, le agarré un cariño tremendo. Te echaré de menos, Puerto Williams.

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Texto publicado originalmente el domingo 25 de agosto de 2013, en El Magallanes/La Prensa Austral.

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